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Poeta y cuentista
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"Impera en la noche", cuento de Fernando Azamor

La noche. La noche se desliza, oscura, lisa, liviana, desde la montaña hacia el valle. Viene rodando, callada, ahogando todo con su levedad de plumas negras.

Las montañas son blancas, grises, ocres, hasta el anochecer. Entonces es cuando todo en el pueblo se torna gris, sin forma.

Los valles son verdes, felices, hasta que la luz vespertina se va. Y llega el miedo.

Teniendo muchísimos años, y muy buena memoria, desconocía la causa del miedo.

Yo, poeta, escritora, historiadora de este pueblo, conocedora de su verdad, de su leyenda, sus números, con todo mi saber, ignoraba porqué había nacido el temor.

No venía de los indios: los pocos aborígenes puros que quedan me han relatado todos sus conocimientos, sabiendo que mi pluma evita que se pierdan en las nubes que cabalgan nuestro cielo, su cultura, su lengua. Según ellos, este miedo no existía en tiempos de los antiguos: la noche no era para andar, por cierto, pero era buena para reunirse; para el fuego de los relatos; de las invocaciones a los dioses de la caza y de la siembra; para el cambio de las estaciones (que eran tres: los días verdes, los días dorados, los días blancos) y para el amor. José Umbú Condorí, que es mucho más joven que yo, me dijo risueñamente un día que él creía que los blancos les hicimos temer a la noche cuando les enseñamos a leer y les metimos nuestros cuentos de lobos y vampiros.

Tal vez haya algo de verdad en su gracejo, me dije. Sin petulancia, soy quien más conoce la historia de las tribus de la región, y en las leyendas, la religión, la tradición de los aborígenes locales, no había el miedo a la noche.

Entre la piedra y la feraz tierra del valle, reina la madera: casas, carros, muebles, todo es de madera. Hemos logrado que los hacheros por cada árbol talado, planten uno y medio nuevo. Los bosques están bastante lejos del pueblo, y los árboles parecen un batallón en pie, que nos defiende de la noche. Que nos defiende de la noche.

He investigado este miedo como a leyenda urbana, puesto que cuando yo era una niña, no existía. Empero, ni en los viejos diarios personales, el archivo legal del registro civil, y ni siquiera en los registros de la iglesia aparecen datos, denuncias, asientos que alerten de dónde podría haber surgido este temer absurdo a lo nocturno, si es que se le puede otorgar entidad a tal recelo.
Así se maneja el pueblo: el día transcurre festivo, la gente trabaja, ríe, canta.

Al oscurecer, como a un conjuro, las puertas se cierran, los ojos ventanales dejan de ver hacia fuera, y nada se mueve en las calles.

En busca de lo innominado he andado en la noche, y aparte de un ramazo en el bosque, cabalgando, no ha ocurrido gran cosa, no he visto ni oído cosas fuera de lo común.

Escribo de noche, y aún en el frío invernal, a modo de desafío, nunca cierro los postigos de madera, sólo los vidrios, a fin de que si algo ronda, venga a mí.

Pero nada hay. Solo mi gente y su miedo. El miedo.

A veces me doy a pensar: bienvenido ese temor. Bienvenido ese temor que hace que mi pueblo chiquito lo siga siendo. Bienvenido ese miedo que impide que sus habitantes salgan en la noche, bajo imperio de odios, ambiciones, lujurias violentas.

No soy puritana, y bien sabe Dios, que salvo el robo o el asesinato, he hecho lo posible para obtener mi pasaje al descenso, pero de sobra conozco que en la noche, desde siempre, mandan pasiones salvajes, y el alcohol. Y mi pueblo, quizá únicamente por miedo, permanece aislado de eso. Entonces, en ocasiones, me preguntaba para qué, salvo para satisfacer mi infatigable curiosidad, continuaba yo investigando el porqué del miedo de mi pueblo.

Escribiendo siempre en la noche, a mi ventana se asomó la respuesta: una cara pálida, vieja, me miró, sonriente, burlona. Era mi cara.

José Umbú Condorí había dicho la verdad: los blancos, con enseñarles a leer, con lobos y vampiros, les habíamos enseñado a temer a la noche. Y yo había afirmado: bienvenido el miedo, para que mi pueblo chiquito lo siga siendo. El miedo. El miedo.

Desde esa noche, siempre bien surtida de mate, café, con abundante música, haciendo de mi ventana (única luz visible en la oscuridad espectral) una fuente de miedos, para que mi pueblo chiquito lo siga siendo, yo, María Lettera de Olivetti, voy alimentando a mi pueblo de temores, cuando, incansables mi ingenio y mi amor, le escribo mis cuentos de terror, para que el miedo impere en la noche.

Fernando Azamor

Prohibida la reproducción total o parcial de la obra sin autorización escrita del autor

El portal de Zarate: www.enzarate.com

"El choque", cuento de Fernando Azamor

Los dos ciegos avanzaban en sentido contrario. Había en el éter de la Biblioteca Nacional, un murmullo de abejas sinuosas. En algún momento se detenían, empero, pronto seguían su marcha, al terminar los pasos que ellos interpretaban como propios.

Los dos ciegos avanzaban en sentido contrario. Dos puntos impulsados por vectores opuestos rumbo a un choque fatalista. Otra detención, la última. Dos sombras creadoras de luz, acariciando a su paso las paredes de sus laberintos: libros vedados a ambos, libros a su cuidado, tal vez, libros carceleros.

La distancia se acortó entre ellos. Ahí. Ahora. Ambos buscan con mirada inútil.

Una mirada reconoce azul del traje, blancura del rostro amorfo; la otra, solo amarillo de un pañuelo de seda. No más que eso. Se rozan a disgusto. Uno se molesta al tacto de aborrecida tela inglesa, el otro con el fuerte perfume francés.

Los dos murmuran algo que suena a duda, a queja, a disculpa.

Luego, Borges y Paul Groussac continuaron arrastrando sus pensamientos por la caótica biblioteca laberíntica, acariciando los libros que ya no podían leer.

Fernando Azamor

Prohibida la reproducción total o parcial de la obra sin autorizacion escrita del autor

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¿Qué pasó?, de Fernando Azamor

Me inventé una adolescencia rebelde y laburante
en trasnoches de angustia y de rock altanero.
Perpetré mis fracasos hasta pasar el ciento.
Me metí con alma y vida con Pappo, y Vox Dei,
y marchando con bronca
integré cofradías de flores arcoíris y balseros.

Nunca creí en los golpes, y menos en los que me dieron.
Nos corrió la cana. No me alcanzó el silencio.
Sangre olor sui géneris derramada en las calles
salpicando mis alpargatas en el barro y el centro.
Wiscachos neblinosos malvinenses combatí en inglés
a puro grito pacifista de John en Harlem negro.

Llevé a mi bebé en su cochecito para ver a León Gieco.
El peor enemigo lo vas llevando dentro.
Sos caballo de Troya, con bengala, pendejo.
La muerte fue invitada para ver el concierto.
La tarjeta se la dio (escupo su nombre) Callejeros. 

Prohibida la reproducción total o parcial de la obra sin autorización escrita del autor 

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“Tejiendo sueños”, cuento de Fernando Azamor

“Querida Mariana: te escribo esta noche pues tengo tiempo. Mañana aquí es fiesta patria y la presidenta habla hace rato largo, muchas tonteras, lo importante: lo que dijo de la libertad. La radio hay que escucharla bajito porque Ismael, el patrón, solo permite poner la FM “Del Sol”, la boliviana, más no solo porque es compatriota: a Ismael no le agrada mucho que oigamos radios argentinas: se escuchan denuncias, procedimientos, clausura de talleres de tejido como los de él. Nada de salir, “nada de hablar con los otros, nosotros nos cuidamos entre nosotros”, dice siempre. Pero mañana es fiesta en la Argentina e Ismael no ha venido. Me ha emocionado la presidenta, que es abogada, como quizás algún día serán nuestros hijos. Para eso vine del altiplano, para girarles el dinero para que puedan estudiar bien en Santa Cruz, para que no sean unos cholitos brutos como yo. Ahora que subió el dólar rinde menos estar en la máquina de coser durante doce, catorce, dieciséis horas al día. Por suerte siempre me acompaña tu primo, Mónico, que es tan bueno, tan trabajador.

Linda, la libertad, pues. Y una mujer es presidenta. Y abogada. Allá, en Bolivia, tú me los dicho, hay un presidente que es como yo, como el Mónico, o aún mejor, dicen tus cartas. Porque el presidente es indio, y buen presidente, porque no se ha olvidado que es indio. ¿Recuerdas que me hizo dudar nuestro compatriota González Oro, cuando decía en la radio que era un atraso que un indio fuera candidato a presidente de Bolivia, que era una ridiculez, una vergüenza nacional?... Cuando al fin me decidí a mostrar mi ignorancia, lo hablé con Mónico y entonces Mónico me explicó y comprendí que González Oro y Radio Diez eran los malos, no el candidato aborigen, no el Evo Morales, que es indio y no olvida que lo es. Ismael es boliviano, no nos paga mucho pero sí nos da muchas horas de trabajo, cama y comida y no gusta mucho de Evo Morales, por eso mejor no hablar de política con él. Ni de política, ni de dinero, ni de pagar horas extras, de blanquear sueldos, o de obras sociales para consultar al doctor por los resfríos y el tapado de los pulmones con la lana que vuela por el aire de las máquinas…

Al menos, a exigencia del Mónico, Ismael nos ha devuelto los documentos. Fuimos a la Embajada de Bolivia y logramos hablar con Damián Puentedura Inchausti, como nos recomendaron, pues los demás retrasan los papeles con pura burocracia: han de recibir dinero de los explotadores para no blanquear sus trabajadores y no pagar impuestos ni seguros… Declaramos y ¡ya no somos ilegales!

La presidenta ya habla demasiado. El traqueteo de las máquinas hace difícil seguir lo que dice y varias serán tonteras, nomás. Lo único importante es eso de la libertad, claro. Lo sé bien, entré al país libremente y puedo salir cuando quiera, aunque no lo hago porque es muy caro y perdería el trabajo con Ismael.

No sabes: hoy se me trabó grandemente la aguja de siete. Mónico me decía: “bajo el pelo te crecían los sudores, hermano” y se reía. Es ley de Ismael que al elemento roto lo paga quien lo rompe, porque según él: “si no es así, los cholos no cuidan las máquinas ni las herramientas”. Cuando le he pasado un poco de vaselina al devanador, ya la lana voló, rápida, y no se ha empastado más.

No sabes, Mariana: estamos tejiendo gorrito con orejeras, el querido shullo (aquí le dicen chulo) con auténtica lana de llama, a uso de nuestra tierra. Mónico me ha dicho que está orgulloso de este trabajo: “demuestra que nuestra cultura sirve, hermano”, repite. Así las cosas, Mariana, siento que tejo shullos y sueños para chicos que viajan a Bariloche en viaje de recibidos de secundaria, un viaje que nunca realizaré, pero que tal vez, sí, ¿por qué no?, los hijos, sí. Mariana: tejo sueños y shullos, porque la libertad, la paz, la igualdad, el progreso, son sueños viejos que la América sigue acunando.

Te extraño. Tuyo: Rogelio”

Fernando Azamor

Prohibida la reproduccion total o parcial de la obra sin autorizacion escrita del autor

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