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Guía de Camping y Pesca
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El delta en Zárate

Cruzando el río Paraná de las Palmas, y ya internándose en la zona isleña, se ubican varios predios que funcionan como camping y lugares de pesca con instalaciones adecuadas al fin.

En verano, algunos tienen playas con arena que permiten usar el río para bañarse. Esos espacios costeros cuentan con infraestructura adecuada al turista: cabañas, luz eléctrica, parrillas, baños y duchas, proveedurías, etc.

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El delta en Zárate






 

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Zárate - Bs.As. - AR - domingo, 14/feb/2016 - 11:30
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Clarin.com - Revista Ñ
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Pese a todas las violencias
Si alguna vez hubo una niña con una infancia desgraciada, esa fue Emma Reyes. Su primer recuerdo es un lento caminar hasta un basural donde debía vaciar la bacinilla en la que ella, una niña de cinco años, su hermana y la mujer con la que vivían, hacían sus necesidades durante la noche. Y sin embargo, esa escena sórdida, ese comienzo de la memoria, es para Emma Reyes también el comienzo de la felicidad porque ahí, en el basural, descubrió la gracia del juego y la creación. Con otros niños del barrio, hicieron un muñeco de barro gigante al que llamaron General Rebollo. Fue el centro de su diversión y adoración hasta que decidieron hacerlo pelota para jugar a la guerra. Muchos años después, esa niña que aprendió a leer y escribir de grande, fue abandonada en el campo e internada en un orfanato de monjas que la explotaron hasta el agotamiento, se transformaría en artista plástica de renombre. Ya fuera de Colombia, trabajaría junto a Antonio Berni y Diego Rivera, viviría en París y, afortunadamente, conocería a Germán Arciniegas, quien la alentaría a escribir esta serie de cartas contando la historia de su niñez. Primer acto amoroso, entonces: el de la palabra dada y recibida, escritura sostenida, y a la vez liberada, por el pedido del amigo. Hace falta mucho valor, y mucha ingenuidad, para contar la historia de una infancia tan atroz como feliz. Y Emma Reyes lo hace con tanto arte que parece que no tuviera ninguno: una ilusión que los escritores de ficción nunca estamos seguros de aprender del todo. Reyes, sin embargo, la logra con un solo, valiente movimiento: el de prohibirle la entrada a la escritura a su ego adulto. Porque la voz que narra en estas cartas logra volver a ser la de una niña. Nunca pierde la curiosidad y la esperanza ante un mundo que se le presenta sí, cruel, pero también nuevo e incomprensible (y por eso, digno de ser contado) cada vez que abre los ojos. Segundo acto amoroso, entonces: tratar a esa niña como el ser inteligente, inquieto y sensible que era y que aún es, al recuperarla viva para el relato. Y eso es en parte por la libertad que el género "memoria" permite a quien sabe utilizarla. A diferencia de la autobiografía, siempre artificiosa porque debe convencer al lector de una distancia entre dos personajes (el yo narrador y el yo narrado), la memoria como género se hace cargo de la simultaneidad de yoes en la que vivimos día a día. En la autobiografía, la que hoy es narra a la que algún día fue, y el relato da cuenta de esa impostada diferencia. Así lo pensaba Paul Ricoeur. En cambio, en una "memoria", la que hoy es, también está siendo todo el tiempo aquella que fue. Es una forma que atrapa al yo en su multiplicidad y por eso se parece a la verdad. Como señala Leila Guerrero en el prólogo a Memoria por correspondencia , Emma Reyes no cae jamás en la autocompasión porque la que cuenta es la niña que "ve siempre con los ojos del momento en que sucedieron las cosas". Memoria por correspondencia abarca más o menos los diez primeros años de vida de Emma Reyes, que nació en 1919 y empezó a escribir estas cartas a partir de 1969. Es el testimonio de una época, una colección de recuerdos y, sobre todo, una voz, una sensibilidad en movimiento que es capaz de contar la escena más trivial ?la llegada del primer automóvil a Guateque, por ejemplo? con el misterio, el suspenso y las imágenes que la transforman en un gran acontecimiento. En ese sentido, es lo opuesto a la autodenominada "literatura de autoficción" que hoy está de moda: no se detiene en el catálogo de emociones o frivolidades de un "yo" que está en todas partes y por eso en ninguna, sino que narra el impacto del mundo sobre una subjetividad abierta a todo. Memoria por correspondencia sólo es comparable a las grandes obras de ficción o a testimonios como el de Nellie Campobello, la escritora y bailarina mexicana que nos dejó la narrativa más bella de la Revolución al mirarla fragmentariamente y desde sus ojos infantiles, en Cartucho. Creo que esa primera escena en el basural al comienzo de Memoria por correspondencia es lo suficientemente fuerte como para trascender esta síntesis que la empobrece y dar una idea de lo maravilloso que es el relato que arman estas cartas. Su lectura produce ese vuelco del corazón ante un texto único (no importa si es de ficción o testimonial) que nos da la impresión de haber capturado la vida misma. Nada más difícil de lograr que esa ilusión. Y las cartas de Emma Reyes son, por eso, también, una lección de escritura.
Saturar el mundo a los bombazos
Ted Cruz, uno de los candidatos republicanos a la presidencia de EE. UU., dijo recientemente que su solución para la agitación en Oriente Medio sería el "bombardeo de saturación" del Estado Islámico (ISIS) y luego ver si la "arena puede brillar en la oscuridad". Donald Trump, el favorito republicano, prometió "partirle la cara a ISIS a bombazos". Un tercer candidato, Chris Christie, amenazó con declarar la guerra a Rusia. Con ese tipo de retórica de los candidatos, no sorprende que, según una encuesta reciente, aproximadamente el 30 % de los votantes republicanos (y el 41 % de los partidarios de Trump) estuvieran a favor de bombardear Agrabah, el lugar central (y ficticio) de Aladdin, la película de Disney. El lugar sonaba árabe y eso fue suficiente. Una forma de leer una retórica tan belicosa es suponer que quienes se la permiten son monstruos sedientos de sangre. Una visión más benévola es que sufren una terrible falta de memoria histórica e imaginación moral. Ninguno de ellos tiene experiencia personal en la guerra y claramente les resulta imposible comprender las consecuencias de lo que dicen. Sin embargo, incluso un conocimiento superficial de la historia bastante reciente es suficiente como para saber que "partir la cara (de la gente) a bombazos" no es muy eficaz para ganar guerras. No funcionó en Vietnam y es poco probable que lo haga en Siria o Irak. Ni siquiera los nazis fueron vencidos con bombardeos de saturación. Como ha quedado demostrado por estudios llevados a cabo por las fuerzas aéreas estadounidense y británica, los tanques rusos fueron más eficaces para derrotar a la Wehrmacht que los bombardeos aéreos de las ciudades alemanas. Esto nos lleva a la cuestión de si la historia verdaderamente puede enseñarnos muchas lecciones. Después de todo, nada es nunca exactamente igual a lo que ocurrió antes.  Probablemente sea cierto que no podemos esperar que la historia nos diga qué hacer en cualquier crisis dada, pero como algunos patrones de comportamiento humano se repiten, el conocimiento del pasado puede ayudarnos a entender mejor nuestra propia época. El problema es que los políticos (y los analistas) a menudo eligen los ejemplos equivocados para reafirmar sus posiciones ideológicas.  Por ejemplo, como aparentemente pocas personas pueden retrotraerse más allá de la Segunda Guerra Mundial, se abusa con mayor frecuencia de los ejemplos de las décadas de 1930 y 1940. Siempre que se nos alienta a oponernos a un dictador, se invoca el espectro de Adolf Hitler y se reviven los fantasmas de 1938 para contrarrestar el escepticismo sobre una precipitada guerra "preventiva". Quienes tuvieron dudas sobre la invasión a Irak de George W. Bush eran "apaciguadores", similares a Neville Chamberlain. Nuestro foco casi exclusivo en los nazis de la Segunda Guerra Mundial nos ciega frente a otros paralelismos históricos posiblemente más instructivos. Las terribles guerras actuales en Oriente Medio, que enfrentan a sectas religiosas revolucionarias y jefes tribales contra dictadores despiadados, respaldados por una u otra de las grandes potencias, tienen mucho en común con la guerra de los Treinta Años que devastó gran parte de Alemania y Europa central entre 1618 y 1648.  Durante tres décadas, ejércitos depredadores mataron, saquearon y torturaron mientras avanzaban a través de ciudades y pueblos. Muchos de los que no fueron asesinados murieron de hambre o por enfermedades difundidas por grandes cantidades de hombres armados. Al igual que con las guerras actuales, se supone a menudo que la de los Treinta Años fue básicamente un conflicto religioso, aunque entre católicos y protestantes. De hecho, y nuevamente como ocurre con la violencia actual en la que está enfrascado el mundo árabe, se trató de algo mucho más complicado. Soldados mercenarios, protestantes o católicos, cambiaron de bando cuando les convino, mientras que el Vaticano respaldó a los príncipes protestantes alemanes, la Francia católica respaldó a la República holandesa protestante y se forjaron muchas otras alianzas que atravesaron los límites sectarios.  En realidad, la guerra de los Treinta Años fue una lucha por la hegemonía europea entre las monarquías de los Borbones y los Habsburgo. Mientras ninguno de ellos fue lo suficientemente fuerte como para dominar al otro, la guerra continuó causando horribles sufrimientos entre los inocentes campesinos y citadinos. Y al igual que en Oriente Medio hoy día, otras grandes potencias ?Francia, Dinamarca y Suecia, entre otras? participaron y respaldaron a una u otra de las partes, para lograr ventajas para sí mismas.  La semejanza con las guerras de Siria e Irak es sorprendente. ISIS es una brutal rebelión suní contra los gobernantes chiitas. EE. UU. se opone a ella, pero también lo hace Irán, una potencia chiita, y Arabia Saudí, que está gobernada por déspotas suníes. El eje principal del conflicto en Oriente Medio no es religioso ni sectario, sino geopolítico: la lucha por la hegemonía regional entre Arabia Saudita e Irán. Ambos cuentan con respaldo entre las principales potencias y ambos deliberadamente agitan a los fanáticos religiosos; pero las diferencias teológicas no son la clave para entender la escalada de violencia. ¿Qué podemos aprender de todo esto? Hay quienes afirman que sólo una profunda reforma religiosa logrará la paz a largo plazo en Oriente Medio, pero aunque la reforma del Islam puede ser deseable en sí misma, no pondrá fin a esta guerra.  El presidente sirio Bashar al-Assad no lucha por una secta particular del Islam (los alauitas, en este caso), sino por su supervivencia. ISIS no pelea por la ortodoxia suní, sino por un califato revolucionario. La batalla entre Arabia Saudita e Irán no es religiosa, sino política. Sin embargo, hubo momentos durante la guerra de los Treinta Años en que un acuerdo político pudo haber sido posible. Pero faltó voluntad para aprovechar estas oportunidades; siempre alguna de las partes buscó una ventaja mayor manteniendo las hostilidades (o incentivando a otros a hacerlo). Sería una tragedia si hoy se perdieran oportunidades semejantes. Para lograr un acuerdo hace falta transigir; los enemigos tendrán que hablar entre sí. La jactancia sobre los bombardeos de saturación y las acusaciones de apaciguamiento contra quienes intentan negociar no harán más que prolongar la agonía, si no causan una catástrofe aún mayor. Y eso nos afectará a todos. © Project Syndicate, 2016
Las confidencias del analista
Los numerosos seguidores del curso psicoanalítico que Jacques-Alain Miller dicta en París, cada miércoles, hoy están de parabienes. En su último libro Todo el mundo es loco , es decir, delirante, el universo conceptual del autor se mezcla con la sorprendente exposición de su propia vida. Historias de su niñez y juventud navegan entre los principios del psicoanálisis lacaniano, como el mensaje perdido en la botella arrojada al mar. ¿Por qué no? Todo analista ha sido, alguna vez, un niño sumergido en los avatares de su familia, un joven en la búsqueda de su ser. De entrada, en las primeras páginas, en una escapada a la infancia, el autor nos cuenta su pasado. Avanza por las páginas como esos personajes de los cuentos de hadas que van dejando miguitas para volver al sitio de donde partieron. Miller apela a la memoria, sin poner en juego la doble tensión del recuerdo y su recreación encubridora. Simplemente se relata. Primero, como el hijo de una madre fóbica; más tarde, siendo el niño observado por el padre médico, a través de un aparato de radiología que delata su interior. Después, el joven paralizado por un problema físico, y un mundo de autores: Mallarmé, Molière, Julio Verne y el Viaje al centro de la Tierra . Varias obras acompañan al joven inquieto que lee en su habitación, alejado por largo tiempo de la vida escolar; sin elección, el cuerpo se lo impone. Pero el clima es propicio. Ensoñaderos , diría Baudelaire, plataformas y lugares donde se ingresa para vivir ilusiones maravillosas y el miedo concomitante de la cercanía con lo perdido. Hay en ese relato un fragmento de soledad, un secreto, un señuelo de algo que aún no se ve, pero nadie podría compadecerse, nadie que comprendiera verdaderamente el alcance de la vida intelectual que Jacques-Alain Miller engendró en ese contexto y luego desplegó. No hay evento dramático, hay humor en este libro, un poco de aire fresco. El pesar de su vida: no haber profundizado su saber en las matemáticas. Su gusto por la lógica y su pasión por Spinoza vienen de ahí. Resumo un párrafo que el lector apreciará: el joven Miller recién había conocido a Judith Lacan, quien manejaba bien el automóvil, pero demasiado rápido. Una noche, el accidente. El auto da una vuelta campana, Judith sale ilesa, pero el joven Miller golpea contra el parabrisas y es internado en el servicio de traumatología del hospital de Mantes, con la cabeza hinchada. Según él, era el final. De nuevo, el cuerpo lastimado y el recurso a la lectura. En esa circunstancia Jacques-Alain le pide a Judith La ética de Spinoza que lleva en el bolso. En el servicio, mientras tanto, ordenan placas y estudios de urgencia. El doctor Lacan llega en el transcurso de la mañana. ¿Qué está leyendo?, le pregunta al novio de su hija. Ni bien escucha la respuesta, Lacan ordena: Que se le dé el alta. Con su autoridad natural, terminé poco tiempo después en su jardín, recuerda el autor. El despliegue de este anecdotario no le impide a Miller explorar otros temas: la cifra, lo real, la responsabilidad del analista, la política de la felicidad, el goce opaco del síntoma, el discurso de la ciencia recubriendo el mundo de los objetos. En este sentido observa la producción de Apple, la nueva computadora, apenas más espesa que una hoja, nos dice, y pronto la utiliza para explicar que allí donde esos objetos faltan, son deseados, esperados. Y hablando de ciencia ... Miller no pierde el tiempo y avanza en estado de guerra contra los cognitivos, que ponen en función al Otro, en el interior del organismo, y lo llaman cerebro. Jacques-Alain Miller no solo divide el mundo analítico en dos: entre los que lo admiran y los que lo aborrecen, también sale a luchar con el alma, en el sentido que le dieron Aristóteles y Lacan, y acorrala a los cognitivos en el descrédito del cientificismo ridículo. La onda expansiva de este libro alcanza una diversidad de temas y autores, pero lo que pierde en sistematicidad, dice el autor, lo gana en autenticidad. Fiel a aquello que se le pasaba por la cabeza, Jacques-Alain Miller habló libremente en su curso de los miércoles, inspirado en las confidencias. Conseguir que bajo su pluma inteligente y provocadora no suenen ampulosas las frases de su historia personal, explicar a través de ella tantos recovecos analíticos, es una jerarquía que pocos autores alcanzan. La doctora Silvia López es miembro de la EOL y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.
La amenaza de un cabo suelto
Si Iosi. El espía arrepentido fuese una película, podría iniciarse con un periodista judío desesperado buscando una oficina de Justicia abierta para llevar a declarar a un agente de inteligencia policial arrepentido y convertirlo en testigo protegido, para que pueda cambiar su identidad. El agente, "Iosi", se infiltró durante más de 25 años en la comunidad judía y entregó los planos del edificio de la AMIA a sus superiores de la Policía Federal, pocos meses antes de que volara por los aires. Su testimonio puede ser vital para develar la conexión policial en el peor atentado terrorista de la historia argentina. El periodista y "Iosi" corren contra reloj. Otro periodista reveló la historia esa mañana en un diario, dando el nombre real del agente policial y convirtiendo a "Iosi" en un blanco móvil de su propia fuerza. Este es el punto de máxima tensión de un libro que narra, con un relato en primera persona, la historia de una infiltración de la inteligencia policial sobre la comunidad judía. En principio, la misión de "Iosi" es averiguar la posible existencia del "Plan Andinia", con el cual los judíos conformarían un estado propio en la Patagonia. Un febril trastorno antisemita que ya había desvelado a los militares de la dictadura y ahora, en 1985, en democracia, continuaba en el imaginario de la Policía Federal. "Iosi", que reportaba a su "manipuladora" policial en forma diaria y trabajaba como empleado administrativo como cobertura, no encontrará rastro alguno de la "conspiración judía" en el Sur, pero se integrará en grupos juveniles, instituciones, ganará respeto y confianza y convivirá con ellos con naturalidad: se casará con una chica judía. Tenía su piel en la colectividad. El atentado a la AMIA de 1994 atormenta a Iosi, que sospecha que los planos del edificio que entregó fueron utilizados para el atentado. Como dos años antes en la embajada israelí, la consigna policial se retiró minutos antes de la explosión. A partir de entonces Iosi toma contacto con dos periodistas ?Horacio Lutzky y Miriam Lewin?, quienes, con una voz narrativa sobria, en primera persona, cada uno desde su punto de vista, buscan instituciones judías que se interesen en el agente infiltrado para que declare en la causa AMIA desde el exterior. La interferencia de un tercer periodista, que se adelanta para contar la historia, pone en riesgo su seguridad. Iosi... deja varios mensajes abiertos: la tradición del espionaje policial interno, con "filtros" como Iosi que "caminan" durante años instituciones, comunidades o grupos políticos; cierto desinterés de parte de la dirigencia judía por profundizar la pista policial en la causa AMIA, y, por último, el relato de un "arrepentido" que sirvió como espía de la fuerza policial y ahora vive sin nombre y sin destino en algún lugar del país.
Mondongo, un pie en la historia del arte
Los Mondongo están en Roma hablando con Ñ de experimentación y de conservación. Juliana Laffitte y Manuel Mendanha vinieron a presentar su arte atrevido en Italia, uno de los paraísos culturales que el dúo reconoce como una influencia importante en su obra. Hasta el 15 de marzo, el Museo Nazionale delle Arti del XXI Secolo (Museo Nacional de Arte del Siglo XXI) aloja la muestra que integran tres de las doce calaveras que los Mondongo montaron en plastilina sobre madera entre 2009 y 2013 y la serie de Paisajes. Fundado en 2010, el MAXXI es un espacio pensado como un gran campus para la cultura contemporánea. Es el único museo italiano que se ocupa sólo del arte del siglo en que vivimos. ?¿Alguna vez se les dio por preguntarse qué vida útil tiene la plastilina? ?Estamos siempre evaluando los riesgos de los materiales que utilizamos ?dice Manuel. ?Lo nuestro es experimentación pura. La esperanza de que la plastilina, el elemento base de nuestras obras, dure cien años siempre está ?se ríe Juliana. Manuel dice que se han reencontrado con obras que hicieron hace más de una década y que perduran: "Es interesante también ver cómo evolucionan. Hemos hecho una obra en carne que está bien sellada y preservada pero la carne va cambiando de color", explica. Y así como desde 1999 han cosechado reconocimientos por gigantografías de primeros planos de Evita en migas de pan, de Fogwill en hilos, de Diego Maradona en cadenitas de oro, de Juan Pablo II en ostias, esta dupla irreverente que embaucó a los reyes de España retratándolos ?por propio encargo de la casa real? con espejitos de colores, ha probado también con chicle, con frutas... "y fue un desastre", confiesan. Como cuando lograron alinear 30 mil fósforos para el retrato de la galerista Ruth Benzacar y a alguien se le ocurrió prender un cigarrillo cerca. O cuando el retrato de Jorge Glusberg, ex director del Museo Nacional de Bellas Artes, se empezó a derretir: "Está hecho con 4.233 caramelos Media hora; son miles de horas de Glusberg. Por otro lado, parecen soretes de oveja. Lo que no sabíamos es que se le iba a derretir el cerebro. Y si le hacés un seguimiento, cada vez está más derretido", declararon los Mondongo en su momento. ?Lo nuestro es prueba y error. Leonardo Da Vinci también experimentaba con materiales. Cuando se empezó a pintar con óleo, tampoco sabían si el óleo iba a durar cien años ?dice hoy Manuel?. Estamos en constante experimentación. La experimentación es arte. Hicimos con la plastilina lo que en el Renacimiento hicieron con el óleo. Por eso se descascaró La última cena de Leonardo. Porque se pintó en óleo sobre la pared. ?Hemos domesticado muchos materiales? agrega Juliana. La presencia de Mondongo en el MAXXI inaugura un plan de intercambio cultural entre Buenos Aires y Roma. "Las obras hablan por sí solas. Es un proyecto colectivo que nos da mucho gusto que sea la punta de lanza de una serie de intercambios que haremos", dijo en la inauguración del martes 9 de febrero Giovanna Melandi, ex ministra de Bienes Culturales de Italia y actual presidenta de la Fundación del Museo Nacional de las Artes del Siglo XXI (MAXXI). "Como parte del proyecto de cooperación e intercambio, Buenos Aires recibirá una muestra del fotógrafo italiano Olivo Barbieri", anunció a su vez María Victoria Alcaraz, ex subsecretaria de Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires y actual directora del Teatro Colón. Para Massimo Scaringella, uno de los curadores de la muestra junto a Laura Buccellato, "es muy difícil encontrar artistas como Mondongo que trabajan cinco años en una obra. Hoy muchos artistas hacen arte con un click del mouse." "La serie de los Paisajes y el ciclo de la naturaleza que está ahí representado es una metáfora de la Argentina ?afirma Buccellato, ex directora del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de Buenos Aires?. El arte de Mondongo es contundente y profesional." Según Laffitte y Mendanha, uno de los pilares de su arte es concebir el proceso creativo como un trabajo en equipo. "Descreemos de la noción de autoría individual", dice Manuel, que hace carne esta idea al punto de bautizar su casilla de correo electrónico como Manuel Mondongo. "Una vez hasta me sacaron un pasaje de avión con ese nombre ?recuerda?. Debía viajar a Canadá y me di cuenta de que figuraba como Manuel Mondongo en el aeropuerto. Fue un problema." "Lo nuestro es una creación colectiva. Estamos siempre abiertos a escuchar opiniones sobre lo que hacemos ?dice Juliana?. Es un aprendizaje infinito de bajar el copete en beneficio de la obra". Dicen que hacen un arte que no requiere conocimientos ni background. "Fijate en estos paisajes. La propuesta es muy simple: mirá un paisaje. Cada uno verá algo distinto", dice Juliana. "Buscamos que no se pueda aprehender la obra de un pantallazo. Es un efecto buscado. Es lo que pasa en la realidad. Es imposible abarcar toda la información que recibimos. Parte de la idea de las obras es representar lo que sucede en la realidad cotidiana. Que siempre se puedan encontrar nuevos recovecos, nuevos anclajes", opina Manuel. La serie de las Calaveras , que nunca se expuso hasta ahora en el país, está compuesta por doce piezas, doce universos que desboradan referencias, lecturas, personajes populares. "No hay una visión direccionada. No bajamos línea. Simplemente ponemos en igualdad de condiciones las diferencias dialécticas que hay en la cultura que nos toca vivir", dice Manuel. "Doce era un buen número. Tengo una crianza religiosa: doce eran los apóstoles, los signos del zodíaco", explica Juliana. De las doce hay dos en Abu Dhabi, dos en Bélgica, una en Suiza, otra en Nueva York, tres en Houston, Estados Unidos. Aquí, en la muestra de Roma, se exhiben tres. "Siempre arrancamos con un ancla conceptual. Por ejemplo en la calavera número cinco, que se expone en este muestra, empezamos con el tema del diluvio", cuenta Juliana: la gran crisis del 2008 y 2009 y las pancartas en la frente de la calavera de la ocupación de Wall Street. El capitán del barco es el lobo de Caperucita Roja, una autoreferencia a otra obra de Mondongo. La quijada de la calavera es la Villa 31 junto a un paisaje bucólico de Poussan. Los martillos de The Wall que caen sobre las Malvinas. Borges con esnórquel. "En los micromundos de cada calavera hay relaciones ?comenta Manuel?. Trabajábamos durante cinco años en dos o tres calaveras al mismo tiempo." En realidad las calaveras no son doce. Hay una más: la número trece es el secreto mejor guardado de los Mondongo. Está todavía en el taller y en manos de Francisca, la hija de la pareja, que la está haciendo con sus amigos. ?¿Qué se propone hoy el arte de Mondongo? ?Esperamos aportar algunas preguntas, tratar de generar interrogantes, interpelar a la realidad. La reflexión sobre el trabajo es constante, dicen. Se conversa en el taller de Palermo, en casa, durante la cena, en la cama. "Nuestra relación está absolutamente basada en nuestro trabajo. Nace de ahí", dice Juliana y Manuel asiente. Luego de 17 años de matrimonio, 16 de proyecto artístico y una hija de 8, los Mondongo se han convertido en un monstruo creativo de dos cabezas.
Sobre Entre Ríos
No son muchos los artistas contemporáneos que describen paisajes, pero aquellos que lo hacen han demostrado ser excepcionales. Durante el transcurso de este ensayo me referiré a dos: David Hockney y Gerhard Richter; ocasionalmente volveré a Poussin, Constable y especialmente a Monet. Ya desde el comienzo, me gustaría decir claramente que Mendanha y Laffitte han encontrado su camino en el tema y que este aluvión de nombres es sólo una ayuda para encontrar puntos de acceso al trabajo de ellos sin pretender influencias específicas sobre el argumento. Mendanha y Laffitte no se ocupan de la nostalgia ni del recuerdo, no rivalizan con la realidad fotográfica ni se preguntan de qué forma representar la naturaleza: no adhieren a ningún nuevo "ismo" que busque evocar el realismo, el simbolismo ni el impresionismo. No pretenden volver a las presencias inquietantes del romanticismo boreal ni a los universos ordenados de Lorrain o Poussin, y menos a la opulencia burguesa de los impresionistas, para no hablar de la rica tradición argentina del paisaje novecentista. Hacen lo que siempre han hecho: afirmar la libertad de no restringirse a ningún lenguaje o estilo, moviéndose por el mundo a través de ideas, ocasiones e imágenes que en ciertos momentos insuflan energía a las experiencias propias. Es una actitud que necesitamos más de lo que podemos imaginar dada la chabacanería de nuestra vida contemporánea; algo que está en el centro de la experiencia que estas imágenes suscitan. Sus versiones de estos paisajes parecen dominadas por el tipo de presencia inmediata que deben haber sentido ellos mismos cuando los vieron por primera vez. Me refiero a la sensación de maravilla, un sentimiento de terror, misterio y maravilla ante el mundo. Esos paisajes tienen peso y presencia; nos impactan y sorprenden. Están vivos, ocasionalmente se convierten en foco emisor de símbolos y alegorías, son pobres pero indiscutiblemente seductores. Los paisajes surgen de un viaje que hicieron Laffitte y Mendanha a la estancia de un amigo en Entre Ríos, provincia rica en recursos no aprovechados y, como indica su nombre, sujeta a inundaciones; los bosques a orillas de los ríos se inundan y los campos se transforman en pantanos. Entre Ríos no ha podido escapar al estancamiento causado por la crisis rural que afecta a gran parte de la economía argentina, en la cual más del cuarenta por ciento de la población trabaja en condiciones muy precarias(...) Juliana y Manuel sacaron innumerables fotos en este viaje y se sintieron superados por el drama desconcertante del paisaje saturado por el agua: la fertilidad putrefacta, los signos de la muerte y el renacimiento, la palpable energía sumergida. Había allí una afirmación simple pero también la voluntad brutal de la naturaleza de sobrevivir, que hasta puede servir como metáfora del espíritu humano: una energía instintiva con una elegancia caótica aunque natural. Se emocionaron y sintieron curiosidad por el resultado de las fotos; poco a poco se descubrieron como moscas atrapadas en una tela de araña, capturadas pero sin querer huir. Tradución: Román García Azcárate (frag.)
Blurear la imagen
El verbo blurear es la adecuación española del inglés blur , documentado en el s. XVI con el significado de ?hacer que algo se vuelva poco claro, difícil de ver o recordar?. Procede del medieval bleren , que, según el Dicc. Webster en línea, probablemente derive del inglés antiguo blerian , tomado del alto alemán bleer-oged (?de ojos lagañosos o empañados?). En los programas de tratamiento de imágenes, blurear indica la acción de desdibujarlas, oscurecerlas o sacar de foco algunos de sus elementos para que no resulten reconocibles, por razones artísticas o legales. En las fotos publicadas en diarios y revistas, o en notas grabadas, tradicionalmente se sobreimprimía una banda negra rectangular sobre la cara de menores o de presuntos delincuentes. La imagen personal se protege por vía penal, civil y administrativa.
Baja hasta mis ojos
Entre las imágenes de la infancia, hay dos que vienen siempre de mi primer maestro de música, el profesor Roberto Benítez.  En la primera, Roberto y mi mamá conversan mientras yo, a mis cinco o seis años, le estoy alcanzando el violincito 1/4, para que lo afine. Suelto el instrumento creyendo que ya lo tomó en sus manos, pero no es así, y ante mi estupor, el violín cae al suelo. Inmediatamente mi mamá me reprocha la falta de cuidado, y mi susto crece. Al instante, el querido Roberto afirma con contundencia: "Por favor, señora, no se preocupe. Fue mi culpa. Yo estaba distraído y no me di cuenta". El incidente se cerró sin más. La otra imagen es la del inolvidable momento en que por primera vez en mi vida vi un violín de cerca, y alguien lo puso en mis manos. Fue nuevamente Roberto. Pero hubo algo más inolvidable que el violín en sí, y fue ver que Roberto se arrodillaba, bajaba hasta mi mundo a la altura de mis ojos, para decirme con la cara y voz más dulces: "Aquí está, esta es la cuerda MI, LA, RE, SOL", al tiempo que las hacía sonar pellizcándolas. Su entusiasmo era idéntico al mío, y me presentaba el violín como si se tratara de una torta de chocolate. Como diciéndome: "Todo está bien, no tengas miedo, la música es lo mejor de la vida y ser músico te hará feliz".
Vinyl: la nueva serie de Jagger y Scorsese
Este 14 de febrero HBO estrena Vinyl, una serie que resulta muy atractiva por varias razones. En primer lugar, porque nada menos que Mick Jagger es uno de los productores y quien aportó parte de la trama para lograr un retrato de Nueva York en los 70. No caben dudas, se trata de experiencias de primera mano. Lo dijo en una entrevista promocional de la serie el mismísimo cantante de los Rolling Stones ?que este fin de semana termina su cuarta y, probablemente, última gira por el país: "Fue un lugar maravilloso estar en los 70". ¿Pero qué recorte veremos de esos gloriosos años? Es de esperar, su parte más oscura, y por eso más seductora: la clásica tríada de drogas, sexo y rock n? roll, con foco en los vaivenes de la industria discográfica y sus ejecutivos chupasangre. Segunda bomba: el gran cineasta Martin Scorsese es su productor ejecutivo y quien, además, dirigió el piloto de la primera temporada, que dura ¡dos horas! El equipo se completa con Terence Winter, escritor de Los Soprano y El Lobo de Wall Street. "El objetivo es que la música se convierta en parte de la narrativa, pero toda la narración es como una pieza de música", señaló Scorsese sobre la serie. Corre el año 1973 en Nueva York cuando "la pieza musical" en cuestión arranca con Richie Finestra (Bobby Cannavale), un ejecutivo de la industria que trata de hacer resurgir su sello American Century, pero no hace más que morder el polvo. Lo que se intenta es una reconstrucción fiel a la época: sus infraestructuras, costumbres, vestimentas, íconos, lugares míticos de la música. En el medio, lo clásico: historias de amor, excesos y sangre caliente, tópicos que, en estos casos, casi nunca fallan. Habrá, por supuesto, un shot de la mejor música: Led Zeppelin, Elvis Presley, Lou Reed y David Bowie, entre muchos otros pilares del rock mundial, mezclados con personajes ficcionales. Y otro gran punto a favor es que, aparte de los hits de la época, Vinyl tendrá su propia banda de sonido, con temas de Otis Redding, Sturgill Simpson, Mott the Hoople, entre otros, que cobrarán independencia en un disco que se llamará Vinyl: Music From the HBO Original Series ? Volume 1 . Y, además, cada semana se publicarán canciones inéditas de los episodios a cargo de artistas como Julian Casablancas, Iggy Pop y Chris Cornell; que también saldrán a la venta al final de la primera temporada. En un principio, Vinyl iba a ser una película. Después de Casino, el boom de Scorsese (1995), Jagger le propuso la idea al cineasta, primero en 1996 y luego volvieron a intentarlo en 2008, pero no prosperó por cuestiones endémicas a la economía internacional. En 2011 se sumó Winter y el proyecto -ahora vuelto serie- comenzó a levantar vuelo, pero no se empezó a rodar hasta 2013. En el medio, la dupla trabajó en la filmación de la gira de los Rolling Stones, que se llamó Shine a light , como la canción de la banda. Nunca hay garantías, pero, como canta Mick, "you had the moves, you had the cards". Le tenemos fe. Metamorfosis de Saul Goodman Vuelve el abogado más famoso de la televisión de los últimos años: Saul Goodman. Este 16 de febrero, la segunda temporada de Better call Saul estará disponible en Netflix ?como en la temporada pasada, un día después de su estreno en AMC en Estados Unidos. Si la primera camada de capítulos fue una introducción a la vida y traspiés del inocentón "Slippin Jimmy", todo indica que lo veremos alejarse, cada vez más, de ese mundo. En el último capítulo, que cierra con el famoso solo de Smoke on the water de Deep Purple, prometió que jamás volvería a detenerse. Queda claro: la segunda vuelta mostrará cada vez más a Saul y menos a Jimmy, en medio del cruento proceso de cambios. Según un comunicado de prensa de Netflix, además del compañero de aventuras de Saul, Mike Ehrmantraut, y el narco Tuco, aparecerán nuevos personajes de Breaking Bad. Y su creador, Vince Gillligan, anunció que en la tercera temporada ?¡sí, habrá más!- estará el gran Heisenberg. ¿Marketing? Tal vez. Se sabe, pese a las afinidades estéticas (la narración con saltos en el tiempo, los primerísimos primeros planos, el humor negro), Better Call Saul no llegó a tener ni cerca el éxito de su serie madre. Coquetear con el acercamiento progresivo de ambos universos puede ser una estrategia para cooptar fanáticos. De todos modos, final hay uno solo y ya lo vimos en el piloto de la primera temporada. Como en las tragedias griegas, el destino está escrito. Y por más que trate y trate, el héroe jamás podrá alejarse de aquel paraje inhóspito en Omaha. Murió el poeta Jorge Leónidas Escudero Fue el miércoles, en la paz de su pueblo sanjuanino cuando el poeta Jorge Leónidas Escudero murió. Tenía 95 años y llevaba 45 de escritor. Su primer libro, La raíz de la roca, nació como decía que le surgían los poemas: de la nada. Es decir, de ningún lado, o de todos. Y así publicó una veintena de libros. Había estudiado ingeniería agrónoma y se dedicaba a la minería de modo rudimentario. De alguna manera, alternó los metales preciosos por la belleza en el lenguaje. Doctor honoris causa de la Universidad Nacional de San Juan y reconocido por la Fundación Konex con el diploma al mérito, en su trabajo inscribió el paisaje que lo rodeaba de su provincia y la actividad a la que se dedicaba. Apenas el año pasado, había sido distinguido con el segundo premio Nacional de Poesía, por su libro Atisbos .
Seis poetas en busca de sus formas
"The Enemies Project", ideado en 2011 por el poeta británico Steven Fowler, es un experimento interdisciplinario que propone producir poesía en colaboración y cruzar poetas y artistas visuales, lenguajes y nacionalidades. En sociedad con Flavia Pittella llegó a Buenos Aires para curar en conjunto una variación de ese proyecto que terminó siendo un festival de poesía: "12 poetas irrumpen en Buenos Aires", que terminó el martes en El tercer lugar. Primera aclaración: no fueron doce sino seis, porque no hubo presupuesto para poder traer tres autoras palestinas y otros tres paquistaníes, pero se mantuvo el nombre para cruzar a dos británicos (Fowler y el artista, poeta y performer Patrick Coyle), un alemán (Léonce Lupette) y tres argentinos (Camilo Sánchez, Julián López y Anahí Mallol) que durante tres días acamparon en la casa de Pitella en Villa Elisa (cerca de La Plata). Este proyecto, explicó Fowler en el último día del festival, tiene que ver con la gente y no con el proceso. Considera que es un mito de Baudelaire aquello de que se deba sufrir para producir poesía. "Cuando la gente está feliz y hay buena conexión entre ellos se produce poesía", concluye. Y así parece que fueron esos días donde se conocieron, intercambiaron textos y mensajes por whatsapp y comieron juntos lo que les cocinaba Pittella. López confesaba que había sido muy fuerte la experiencia. "Intensa", repitió. Luego de un fin de semana donde hubo encuentros con otros poetas invitados, donde se leyeron entre sí, el martes se realizó el cierre del proyecto-festival con una muestra inédita de lo producido. El primer poema fue una serie de variaciones a partir de la frase "tercer lugar", nombre del subsuelo donde se realizaba el encuentro. Eran distintas formas de pronunciación, modulación y tonos, introducidas, asimiladas, distorsionadas que culminaron en un mantra deforme: "teit sugar". Así se sucedieron los poemas. En duetos. En traducciones. En diálogos. En murmullos. En canto. "¿Y si el amor no fuera sino una conversación infinita interrumpida por el viento entre las ramas?", se deslizó en un momento. Y de ese modo, rodeados de un público concentrado, mientras se escuchaba el murmullo del agua circular por los caños, esos seis autores, compenetrados, interconectados, amalgamaron sus voces para mostrar las variadas formas como se puede expresar la poesía. Un agitador de conciencias Los espacios vacíos que deja la publicidad estática en la vía publica son aprovechados por un artista callejero para inundar con ideas el imaginario del transeúnte. Eso lo vimos en el Mayo Francés. Pero antes, en las pintadas que venían del letrismo de Isidore Isou, previo a los juegos revolucionarios del situacionismo de Guy Debord. Acá se llama RR.AA y lo que hace en los carteles de la avenida Cabildo (entre Santos Dumont y Newbery) es una suerte de terrorismo poético (alguna vez lo dijimos en esta misma columna con su serie sobre los enmascarados). Cualquiera puede verlo. Son frases: "Nunca estamos tan indefensos contra el sufrimiento como cuando amamos (Sigmund Freud). "Hay que buscar el equilibrio en el movimiento y no en la quietud" (Bruce Lee). "Nunca pude convencer a los financistas de que Disneyland era viable porque los sueños tienen poca garantía" (Walt Disney). A veces los vecinos son testigos de escenas como esta: un día, mientras RR.AA. trabajaba en sus obras (siempre al caer la noche), se acercó un hombre que no entendió lo que hacía y pretendió llamar a la policía (hay una comisaría en frente) para avisar que este muchacho estaba pintarrajeando los carteles de publicidad que son propiedad privada. El policía se acercó y, como ya lo conoce, le dijo al hombre que no se preocupara, que siguiera su camino porque el muchacho es artista. El policía lo había entendido. En esta nueva serie de pintadas, RR.AA propone en un momento, como una botella lanzada al mar, "Gugleen: kintsugi". Y yo lo hice. Y lo primero con lo que uno se encuentra es una entrada en Wikipedia donde se explica que en japonés, kintsugi es la práctica de reparar fracturas de la cerámica con barniz o resina espolvoreada con oro que se remonta a finales del siglo XV. Este arte plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y no deben ocultarse. Al contrario. De esa manera, al poner de manifiesto su transformación, las cicatrices lo embellecen. ¿La única manera de reparar la grieta sería mostrándola? Una intervención política. RR.AA busca agitar consciencias.
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