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Plutón, el planeta más pequeño
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En defensa de Plutón

Anónimos estadísticos y astrónomos contra Plutón. No es solo una oposición lingüística entre sabios esdrújulos y simples agudos.
Lo quieren mandar a la B.

¿Qué es Plutón?
El último, el más lejano, periférico, oscuro y pequeño planeta.

¿Planeta? Sí: planeta. Los griegos llamaban así a los cuerpos que (no teniendo en esos días telescopios) “se movían” – planeta significa en griego: errante-, a diferencia de las estrellas, que aparecían fijas, inmóviles en el cielo.

Planeta: dícese de cuerpos celestes que giran alrededor de una estrella. Y Plutón gira (con una órbita rebelde, por cierto) teniendo como referencia nuestro astro rey, nuestro pequeño y amarillo sol, nuestra pequeña estrella, centro de este sistema solar.


Percival Lowell, su descubridor, su “inventor”, digo yo, dado que no lo descubrió, no lo vio desde su casa u observatorio, tomando su té reposado, no captó a Plutón de casualidad, a través de un poderoso telescopio o de un culo de botella, mientras ese extraño mundo iba paseando por la oscuridad del firmamento: no, el viejo Perci infirió su existencia, calculó su presencia, masa, órbita, tamaño, observando el efecto que producía en otros habitantes mayores que él, el ignoto por venir. Por ello su nombre: Plutón, con las dos iniciales de su descubridor, Percival Lowell. Por aquel que lo percibió en su corazón antes de “ crearlo” en los datos, los papeles (sin computadoras), antes de demostrar a todos su criatura, su hijo, científicamente.


Nótese, pues, que ya antes “de nacer oficialmente”, para astros espaciales y para el hombre, Plutón tenía personalidad, influencia.

Y ahora lo quieren negar. Pero lo negado tiene vocación por subsistir.


Hay una táctica sencilla, que encubre odio: aquello que quiero eliminar, elidir, si no lo nombro, si no lo conozco, no existe. Ya en los tiempos bíblicos, el hombre puso su nombre a las cosas, equivalencia de existencia y posesión.

Y en tanto, lo innombrado o innombrable, no existe, carece de entidad. Si no lo veo ni lo nombro, no será, no me tocará, como: la muerte, el cáncer, el sida, la decepción, el fracaso.

Durante miles de años nos dijeron que la Tierra era plana, tortuga sobre tortuga, que surgía la vida del vientre de un dios increado, que la Tierra era centro inmóvil del Todo, que el sol nos era subsidiario, que… Eppur si muove, dijo Galileo.
Hoy nos quieren quitar Plutón, mañana Neptuno, nos dirán que Júpiter es demasiado gordo… Y luego a los poetas nos robarán la luna como fuente de dolor e inspiración, nos birlarán igualmente las Musas, por no poder confeccionar mapas cartográficos en los cuales ubicarlas con exactitud, de acuerdo a peso, volumen, masa, gravedad…

¿Cuál es el objeto hecho por el hombre más lejano, el del mítico viaje que lo ha llevado y lo lleva hacia tiempos indiscernibles, por pasados y futuros para la mente de las personas? El objeto creado por los seres humanos que está más lejano, es la pequeña nave espacial Voyager. Se traslada por el tiempo y el espacio merced a energía propia de radioisótopos retroalimenticios (bien, Azamorcito, sin miedo) y de fuerzas gravitacionales ajenas. Ajenas. Para ello, al pasar ante un objeto más masivo que ella (muchos lo son) suele realizar una órbita en su derredor para impulsarse. Intuyan de qué planeta pequeño se habrá servido antes del salto a la inmensidad del espacio interestelar, antes de dejar el cobijo cariñoso de nuestro sistema solar, con su tibio sol amarillito, antes de ir hacia la oscuridad y la nada.

A la nada a la que quieren hoy tres desalmados reducir a Plutón. A la nada.


Entre Marte (fiero rostro de la guerra) y Júpiter está un cordón, una faja de asteroides. Allí hubo un día un planeta pequeño que desapareció devastado, destruido por las fuerzas gravitatorias contrapuestas como mareas interplanetarias de entrambos planetas.

Hoy, allí reina el silencio. Y un millar de perlas sin nombres rondan hoscas. Lo que pudo ser un mundo, un faro de la vida, es un patio lleno de escombros, de canto rodado, de suciedad y olvido. De poder haber sido planeta, devino en ripio. De haber sido tal vez otra deidad celestial para los hombres, con entidad y nombre de dios, sus minúsculos componentes se denominan hoy: YGN 77; AGÑ 927; UBT 9. Pudo haber sido gallardo punto de luz, mundo de progreso, lugar de los hechos; hoy es un puñado de polvillo callado. Y eso se quiere hacer de Plutón. Un cascote sin nombre, un número impronunciable que lo condene a olvidarlo.


Es nuestra la lucha de Plutón. ¿Por qué? Sencillo: es la historia rediviva del hombre y su relación con las cosas y los diferentes. Plutón es pequeño, lejano, oscuro, desconocido. Robadle su nombre, su entidad. Si a un hombre se le roba su nombre, su entidad, ¿qué tenemos? Un desconocido, un ser lejano, oscuro, un enemigo. El diferente es el enemigo. Enemigo. Cuando la Europa precisó mano de obra barata, los científicos, los sabios, los sacerdotes, todos estuvieron de acuerdo en que los negros no eran humanos: se los definía como surgidos de relaciones sexuales degeneradas entre hombres y monos. Por ende, se los podía utilizar de esclavos, pues la Biblia decía: “no harás esclavo a tu hermano”, pero los negros no formaban parte de la especie humana.


Es más: si se le saca al hombre su entidad humana, se le está quitando asimismo la chispa divina.

Los japoneses intentaron hace unos años (persisten) convencer a la gente de que les fuera otorgado el permiso de cazar y eliminar a todos los pingüinos (por favor, evitar aquí connotaciones políticas). Claro, luego invertían la escala alimenticia y terminaban obteniendo libertad y aún derecho de matar focas, lobos marinos… orcas y ballenas en general.

Quitad a Plutón su identidad y entidad de planeta orgulloso, si bien pequeño, su nombre y será nada, un montoncito de frío pegado a un destino de soledad, isla sin puerto, féretro flotante de esperanzas sin cobijo.
¿Qué les diremos a nuestros nietos: “buen viaje al planeta Plutón”, o despectivamente: “que sea corta tu estadía en el pedrusco, en esa miserable estación de servicio, la OHW 667”?

No se dejen engañar: un día podemos (a través de nuestros descendientes y no muy lejanos) estar ahí, andando, viviendo, soñando, amando, acrecentando nuestro horizonte, nuestros dominios, nuestro saber. ¿Y qué queremos estar pisando, transitando: el suelo de un planeta amigo o la roca sin vida, el yermo polvo de un planetoide despreciado?


La investigación científica ha demostrado que la misma investigación, el método, e inclusive el propio investigador, influyen en el medio ambiente a estudiar y también en los resultados, infiriendo en ocasiones, que esos resultados a veces extraños, lo son por la intromisión, por mínima que sea, del curioso. La naturaleza no se guía por leyes humanas, y la presencia del hombre es casi ilógica en la misma y tiñe todo del color que le interesa, aunque el costo sea la destrucción y el caos. No desalojemos a Plutón de su Olimpo en el éter, no lo condenemos por pequeño, oscuro y desconocido. Rememoren y tengan a saber que éste ha sido el clásico discurso de los imperios, muchos de los cuales reposan en el polvo que ellos mismos han creado: esto no es parte de la vida central, estamos ante lo lejano, lo periférico, de otro color, de otra cultura que no se puede asimilar a la nuestra. ¿Qué hacemos entonces? La respuesta es sencilla y terrible: muerte con lo distinto. Lo distinto siempre es eso y solo eso: distinto. Ni mejor, ni peor, ni bueno, ni malo: solo distinto. Si nos esforzáramos por conocer, por entender, por comprender, tal vez halláramos con sorpresa, que no somos tan diferentes unos de otros.

Y que Plutón, pobre, que está allá, navegando solito, tal vez avergonzado, quizás nos espere para ser nido de alegrías humanas.

Fernando Azamor

Prohibida la reproducción total o parcial de este artículo
sin el consentimiento expreso y escrito del autor

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