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Clarin.com - Revista Ñ
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Mondongo, un pie en la historia del arte
Los Mondongo están en Roma hablando con Ñ de experimentación y de conservación. Juliana Laffitte y Manuel Mendanha vinieron a presentar su arte atrevido en Italia, uno de los paraísos culturales que el dúo reconoce como una influencia importante en su obra. Hasta el 15 de marzo, el Museo Nazionale delle Arti del XXI Secolo (Museo Nacional de Arte del Siglo XXI) aloja la muestra que integran tres de las doce calaveras que los Mondongo montaron en plastilina sobre madera entre 2009 y 2013 y la serie de Paisajes. Fundado en 2010, el MAXXI es un espacio pensado como un gran campus para la cultura contemporánea. Es el único museo italiano que se ocupa sólo del arte del siglo en que vivimos. ?¿Alguna vez se les dio por preguntarse qué vida útil tiene la plastilina? ?Estamos siempre evaluando los riesgos de los materiales que utilizamos ?dice Manuel. ?Lo nuestro es experimentación pura. La esperanza de que la plastilina, el elemento base de nuestras obras, dure cien años siempre está ?se ríe Juliana. Manuel dice que se han reencontrado con obras que hicieron hace más de una década y que perduran: "Es interesante también ver cómo evolucionan. Hemos hecho una obra en carne que está bien sellada y preservada pero la carne va cambiando de color", explica. Y así como desde 1999 han cosechado reconocimientos por gigantografías de primeros planos de Evita en migas de pan, de Fogwill en hilos, de Diego Maradona en cadenitas de oro, de Juan Pablo II en ostias, esta dupla irreverente que embaucó a los reyes de España retratándolos ?por propio encargo de la casa real? con espejitos de colores, ha probado también con chicle, con frutas... "y fue un desastre", confiesan. Como cuando lograron alinear 30 mil fósforos para el retrato de la galerista Ruth Benzacar y a alguien se le ocurrió prender un cigarrillo cerca. O cuando el retrato de Jorge Glusberg, ex director del Museo Nacional de Bellas Artes, se empezó a derretir: "Está hecho con 4.233 caramelos Media hora; son miles de horas de Glusberg. Por otro lado, parecen soretes de oveja. Lo que no sabíamos es que se le iba a derretir el cerebro. Y si le hacés un seguimiento, cada vez está más derretido", declararon los Mondongo en su momento. ?Lo nuestro es prueba y error. Leonardo Da Vinci también experimentaba con materiales. Cuando se empezó a pintar con óleo, tampoco sabían si el óleo iba a durar cien años ?dice hoy Manuel?. Estamos en constante experimentación. La experimentación es arte. Hicimos con la plastilina lo que en el Renacimiento hicieron con el óleo. Por eso se descascaró La última cena de Leonardo. Porque se pintó en óleo sobre la pared. ?Hemos domesticado muchos materiales? agrega Juliana. La presencia de Mondongo en el MAXXI inaugura un plan de intercambio cultural entre Buenos Aires y Roma. "Las obras hablan por sí solas. Es un proyecto colectivo que nos da mucho gusto que sea la punta de lanza de una serie de intercambios que haremos", dijo en la inauguración del martes 9 de febrero Giovanna Melandi, ex ministra de Bienes Culturales de Italia y actual presidenta de la Fundación del Museo Nacional de las Artes del Siglo XXI (MAXXI). "Como parte del proyecto de cooperación e intercambio, Buenos Aires recibirá una muestra del fotógrafo italiano Olivo Barbieri", anunció a su vez María Victoria Alcaraz, ex subsecretaria de Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires y actual directora del Teatro Colón. Para Massimo Scaringella, uno de los curadores de la muestra junto a Laura Buccellato, "es muy difícil encontrar artistas como Mondongo que trabajan cinco años en una obra. Hoy muchos artistas hacen arte con un click del mouse." "La serie de los Paisajes y el ciclo de la naturaleza que está ahí representado es una metáfora de la Argentina ?afirma Buccellato, ex directora del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de Buenos Aires?. El arte de Mondongo es contundente y profesional." Según Laffitte y Mendanha, uno de los pilares de su arte es concebir el proceso creativo como un trabajo en equipo. "Descreemos de la noción de autoría individual", dice Manuel, que hace carne esta idea al punto de bautizar su casilla de correo electrónico como Manuel Mondongo. "Una vez hasta me sacaron un pasaje de avión con ese nombre ?recuerda?. Debía viajar a Canadá y me di cuenta de que figuraba como Manuel Mondongo en el aeropuerto. Fue un problema." "Lo nuestro es una creación colectiva. Estamos siempre abiertos a escuchar opiniones sobre lo que hacemos ?dice Juliana?. Es un aprendizaje infinito de bajar el copete en beneficio de la obra". Dicen que hacen un arte que no requiere conocimientos ni background. "Fijate en estos paisajes. La propuesta es muy simple: mirá un paisaje. Cada uno verá algo distinto", dice Juliana. "Buscamos que no se pueda aprehender la obra de un pantallazo. Es un efecto buscado. Es lo que pasa en la realidad. Es imposible abarcar toda la información que recibimos. Parte de la idea de las obras es representar lo que sucede en la realidad cotidiana. Que siempre se puedan encontrar nuevos recovecos, nuevos anclajes", opina Manuel. La serie de las Calaveras , que nunca se expuso hasta ahora en el país, está compuesta por doce piezas, doce universos que desboradan referencias, lecturas, personajes populares. "No hay una visión direccionada. No bajamos línea. Simplemente ponemos en igualdad de condiciones las diferencias dialécticas que hay en la cultura que nos toca vivir", dice Manuel. "Doce era un buen número. Tengo una crianza religiosa: doce eran los apóstoles, los signos del zodíaco", explica Juliana. De las doce hay dos en Abu Dhabi, dos en Bélgica, una en Suiza, otra en Nueva York, tres en Houston, Estados Unidos. Aquí, en la muestra de Roma, se exhiben tres. "Siempre arrancamos con un ancla conceptual. Por ejemplo en la calavera número cinco, que se expone en este muestra, empezamos con el tema del diluvio", cuenta Juliana: la gran crisis del 2008 y 2009 y las pancartas en la frente de la calavera de la ocupación de Wall Street. El capitán del barco es el lobo de Caperucita Roja, una autoreferencia a otra obra de Mondongo. La quijada de la calavera es la Villa 31 junto a un paisaje bucólico de Poussan. Los martillos de The Wall que caen sobre las Malvinas. Borges con esnórquel. "En los micromundos de cada calavera hay relaciones ?comenta Manuel?. Trabajábamos durante cinco años en dos o tres calaveras al mismo tiempo." En realidad las calaveras no son doce. Hay una más: la número trece es el secreto mejor guardado de los Mondongo. Está todavía en el taller y en manos de Francisca, la hija de la pareja, que la está haciendo con sus amigos. ?¿Qué se propone hoy el arte de Mondongo? ?Esperamos aportar algunas preguntas, tratar de generar interrogantes, interpelar a la realidad. La reflexión sobre el trabajo es constante, dicen. Se conversa en el taller de Palermo, en casa, durante la cena, en la cama. "Nuestra relación está absolutamente basada en nuestro trabajo. Nace de ahí", dice Juliana y Manuel asiente. Luego de 17 años de matrimonio, 16 de proyecto artístico y una hija de 8, los Mondongo se han convertido en un monstruo creativo de dos cabezas.
Sobre Entre Ríos
No son muchos los artistas contemporáneos que describen paisajes, pero aquellos que lo hacen han demostrado ser excepcionales. Durante el transcurso de este ensayo me referiré a dos: David Hockney y Gerhard Richter; ocasionalmente volveré a Poussin, Constable y especialmente a Monet. Ya desde el comienzo, me gustaría decir claramente que Mendanha y Laffitte han encontrado su camino en el tema y que este aluvión de nombres es sólo una ayuda para encontrar puntos de acceso al trabajo de ellos sin pretender influencias específicas sobre el argumento. Mendanha y Laffitte no se ocupan de la nostalgia ni del recuerdo, no rivalizan con la realidad fotográfica ni se preguntan de qué forma representar la naturaleza: no adhieren a ningún nuevo "ismo" que busque evocar el realismo, el simbolismo ni el impresionismo. No pretenden volver a las presencias inquietantes del romanticismo boreal ni a los universos ordenados de Lorrain o Poussin, y menos a la opulencia burguesa de los impresionistas, para no hablar de la rica tradición argentina del paisaje novecentista. Hacen lo que siempre han hecho: afirmar la libertad de no restringirse a ningún lenguaje o estilo, moviéndose por el mundo a través de ideas, ocasiones e imágenes que en ciertos momentos insuflan energía a las experiencias propias. Es una actitud que necesitamos más de lo que podemos imaginar dada la chabacanería de nuestra vida contemporánea; algo que está en el centro de la experiencia que estas imágenes suscitan. Sus versiones de estos paisajes parecen dominadas por el tipo de presencia inmediata que deben haber sentido ellos mismos cuando los vieron por primera vez. Me refiero a la sensación de maravilla, un sentimiento de terror, misterio y maravilla ante el mundo. Esos paisajes tienen peso y presencia; nos impactan y sorprenden. Están vivos, ocasionalmente se convierten en foco emisor de símbolos y alegorías, son pobres pero indiscutiblemente seductores. Los paisajes surgen de un viaje que hicieron Laffitte y Mendanha a la estancia de un amigo en Entre Ríos, provincia rica en recursos no aprovechados y, como indica su nombre, sujeta a inundaciones; los bosques a orillas de los ríos se inundan y los campos se transforman en pantanos. Entre Ríos no ha podido escapar al estancamiento causado por la crisis rural que afecta a gran parte de la economía argentina, en la cual más del cuarenta por ciento de la población trabaja en condiciones muy precarias(...) Juliana y Manuel sacaron innumerables fotos en este viaje y se sintieron superados por el drama desconcertante del paisaje saturado por el agua: la fertilidad putrefacta, los signos de la muerte y el renacimiento, la palpable energía sumergida. Había allí una afirmación simple pero también la voluntad brutal de la naturaleza de sobrevivir, que hasta puede servir como metáfora del espíritu humano: una energía instintiva con una elegancia caótica aunque natural. Se emocionaron y sintieron curiosidad por el resultado de las fotos; poco a poco se descubrieron como moscas atrapadas en una tela de araña, capturadas pero sin querer huir. Tradución: Román García Azcárate (frag.)
Blurear la imagen
El verbo blurear es la adecuación española del inglés blur , documentado en el s. XVI con el significado de ?hacer que algo se vuelva poco claro, difícil de ver o recordar?. Procede del medieval bleren , que, según el Dicc. Webster en línea, probablemente derive del inglés antiguo blerian , tomado del alto alemán bleer-oged (?de ojos lagañosos o empañados?). En los programas de tratamiento de imágenes, blurear indica la acción de desdibujarlas, oscurecerlas o sacar de foco algunos de sus elementos para que no resulten reconocibles, por razones artísticas o legales. En las fotos publicadas en diarios y revistas, o en notas grabadas, tradicionalmente se sobreimprimía una banda negra rectangular sobre la cara de menores o de presuntos delincuentes. La imagen personal se protege por vía penal, civil y administrativa.
Baja hasta mis ojos
Entre las imágenes de la infancia, hay dos que vienen siempre de mi primer maestro de música, el profesor Roberto Benítez.  En la primera, Roberto y mi mamá conversan mientras yo, a mis cinco o seis años, le estoy alcanzando el violincito 1/4, para que lo afine. Suelto el instrumento creyendo que ya lo tomó en sus manos, pero no es así, y ante mi estupor, el violín cae al suelo. Inmediatamente mi mamá me reprocha la falta de cuidado, y mi susto crece. Al instante, el querido Roberto afirma con contundencia: "Por favor, señora, no se preocupe. Fue mi culpa. Yo estaba distraído y no me di cuenta". El incidente se cerró sin más. La otra imagen es la del inolvidable momento en que por primera vez en mi vida vi un violín de cerca, y alguien lo puso en mis manos. Fue nuevamente Roberto. Pero hubo algo más inolvidable que el violín en sí, y fue ver que Roberto se arrodillaba, bajaba hasta mi mundo a la altura de mis ojos, para decirme con la cara y voz más dulces: "Aquí está, esta es la cuerda MI, LA, RE, SOL", al tiempo que las hacía sonar pellizcándolas. Su entusiasmo era idéntico al mío, y me presentaba el violín como si se tratara de una torta de chocolate. Como diciéndome: "Todo está bien, no tengas miedo, la música es lo mejor de la vida y ser músico te hará feliz".
Vinyl: la nueva serie de Jagger y Scorsese
Este 14 de febrero HBO estrena Vinyl, una serie que resulta muy atractiva por varias razones. En primer lugar, porque nada menos que Mick Jagger es uno de los productores y quien aportó parte de la trama para lograr un retrato de Nueva York en los 70. No caben dudas, se trata de experiencias de primera mano. Lo dijo en una entrevista promocional de la serie el mismísimo cantante de los Rolling Stones ?que este fin de semana termina su cuarta y, probablemente, última gira por el país: "Fue un lugar maravilloso estar en los 70". ¿Pero qué recorte veremos de esos gloriosos años? Es de esperar, su parte más oscura, y por eso más seductora: la clásica tríada de drogas, sexo y rock n? roll, con foco en los vaivenes de la industria discográfica y sus ejecutivos chupasangre. Segunda bomba: el gran cineasta Martin Scorsese es su productor ejecutivo y quien, además, dirigió el piloto de la primera temporada, que dura ¡dos horas! El equipo se completa con Terence Winter, escritor de Los Soprano y El Lobo de Wall Street. "El objetivo es que la música se convierta en parte de la narrativa, pero toda la narración es como una pieza de música", señaló Scorsese sobre la serie. Corre el año 1973 en Nueva York cuando "la pieza musical" en cuestión arranca con Richie Finestra (Bobby Cannavale), un ejecutivo de la industria que trata de hacer resurgir su sello American Century, pero no hace más que morder el polvo. Lo que se intenta es una reconstrucción fiel a la época: sus infraestructuras, costumbres, vestimentas, íconos, lugares míticos de la música. En el medio, lo clásico: historias de amor, excesos y sangre caliente, tópicos que, en estos casos, casi nunca fallan. Habrá, por supuesto, un shot de la mejor música: Led Zeppelin, Elvis Presley, Lou Reed y David Bowie, entre muchos otros pilares del rock mundial, mezclados con personajes ficcionales. Y otro gran punto a favor es que, aparte de los hits de la época, Vinyl tendrá su propia banda de sonido, con temas de Otis Redding, Sturgill Simpson, Mott the Hoople, entre otros, que cobrarán independencia en un disco que se llamará Vinyl: Music From the HBO Original Series ? Volume 1 . Y, además, cada semana se publicarán canciones inéditas de los episodios a cargo de artistas como Julian Casablancas, Iggy Pop y Chris Cornell; que también saldrán a la venta al final de la primera temporada. En un principio, Vinyl iba a ser una película. Después de Casino, el boom de Scorsese (1995), Jagger le propuso la idea al cineasta, primero en 1996 y luego volvieron a intentarlo en 2008, pero no prosperó por cuestiones endémicas a la economía internacional. En 2011 se sumó Winter y el proyecto -ahora vuelto serie- comenzó a levantar vuelo, pero no se empezó a rodar hasta 2013. En el medio, la dupla trabajó en la filmación de la gira de los Rolling Stones, que se llamó Shine a light , como la canción de la banda. Nunca hay garantías, pero, como canta Mick, "you had the moves, you had the cards". Le tenemos fe. Metamorfosis de Saul Goodman Vuelve el abogado más famoso de la televisión de los últimos años: Saul Goodman. Este 16 de febrero, la segunda temporada de Better call Saul estará disponible en Netflix ?como en la temporada pasada, un día después de su estreno en AMC en Estados Unidos. Si la primera camada de capítulos fue una introducción a la vida y traspiés del inocentón "Slippin Jimmy", todo indica que lo veremos alejarse, cada vez más, de ese mundo. En el último capítulo, que cierra con el famoso solo de Smoke on the water de Deep Purple, prometió que jamás volvería a detenerse. Queda claro: la segunda vuelta mostrará cada vez más a Saul y menos a Jimmy, en medio del cruento proceso de cambios. Según un comunicado de prensa de Netflix, además del compañero de aventuras de Saul, Mike Ehrmantraut, y el narco Tuco, aparecerán nuevos personajes de Breaking Bad. Y su creador, Vince Gillligan, anunció que en la tercera temporada ?¡sí, habrá más!- estará el gran Heisenberg. ¿Marketing? Tal vez. Se sabe, pese a las afinidades estéticas (la narración con saltos en el tiempo, los primerísimos primeros planos, el humor negro), Better Call Saul no llegó a tener ni cerca el éxito de su serie madre. Coquetear con el acercamiento progresivo de ambos universos puede ser una estrategia para cooptar fanáticos. De todos modos, final hay uno solo y ya lo vimos en el piloto de la primera temporada. Como en las tragedias griegas, el destino está escrito. Y por más que trate y trate, el héroe jamás podrá alejarse de aquel paraje inhóspito en Omaha. Murió el poeta Jorge Leónidas Escudero Fue el miércoles, en la paz de su pueblo sanjuanino cuando el poeta Jorge Leónidas Escudero murió. Tenía 95 años y llevaba 45 de escritor. Su primer libro, La raíz de la roca, nació como decía que le surgían los poemas: de la nada. Es decir, de ningún lado, o de todos. Y así publicó una veintena de libros. Había estudiado ingeniería agrónoma y se dedicaba a la minería de modo rudimentario. De alguna manera, alternó los metales preciosos por la belleza en el lenguaje. Doctor honoris causa de la Universidad Nacional de San Juan y reconocido por la Fundación Konex con el diploma al mérito, en su trabajo inscribió el paisaje que lo rodeaba de su provincia y la actividad a la que se dedicaba. Apenas el año pasado, había sido distinguido con el segundo premio Nacional de Poesía, por su libro Atisbos .
Seis poetas en busca de sus formas
"The Enemies Project", ideado en 2011 por el poeta británico Steven Fowler, es un experimento interdisciplinario que propone producir poesía en colaboración y cruzar poetas y artistas visuales, lenguajes y nacionalidades. En sociedad con Flavia Pittella llegó a Buenos Aires para curar en conjunto una variación de ese proyecto que terminó siendo un festival de poesía: "12 poetas irrumpen en Buenos Aires", que terminó el martes en El tercer lugar. Primera aclaración: no fueron doce sino seis, porque no hubo presupuesto para poder traer tres autoras palestinas y otros tres paquistaníes, pero se mantuvo el nombre para cruzar a dos británicos (Fowler y el artista, poeta y performer Patrick Coyle), un alemán (Léonce Lupette) y tres argentinos (Camilo Sánchez, Julián López y Anahí Mallol) que durante tres días acamparon en la casa de Pitella en Villa Elisa (cerca de La Plata). Este proyecto, explicó Fowler en el último día del festival, tiene que ver con la gente y no con el proceso. Considera que es un mito de Baudelaire aquello de que se deba sufrir para producir poesía. "Cuando la gente está feliz y hay buena conexión entre ellos se produce poesía", concluye. Y así parece que fueron esos días donde se conocieron, intercambiaron textos y mensajes por whatsapp y comieron juntos lo que les cocinaba Pittella. López confesaba que había sido muy fuerte la experiencia. "Intensa", repitió. Luego de un fin de semana donde hubo encuentros con otros poetas invitados, donde se leyeron entre sí, el martes se realizó el cierre del proyecto-festival con una muestra inédita de lo producido. El primer poema fue una serie de variaciones a partir de la frase "tercer lugar", nombre del subsuelo donde se realizaba el encuentro. Eran distintas formas de pronunciación, modulación y tonos, introducidas, asimiladas, distorsionadas que culminaron en un mantra deforme: "teit sugar". Así se sucedieron los poemas. En duetos. En traducciones. En diálogos. En murmullos. En canto. "¿Y si el amor no fuera sino una conversación infinita interrumpida por el viento entre las ramas?", se deslizó en un momento. Y de ese modo, rodeados de un público concentrado, mientras se escuchaba el murmullo del agua circular por los caños, esos seis autores, compenetrados, interconectados, amalgamaron sus voces para mostrar las variadas formas como se puede expresar la poesía. Un agitador de conciencias Los espacios vacíos que deja la publicidad estática en la vía publica son aprovechados por un artista callejero para inundar con ideas el imaginario del transeúnte. Eso lo vimos en el Mayo Francés. Pero antes, en las pintadas que venían del letrismo de Isidore Isou, previo a los juegos revolucionarios del situacionismo de Guy Debord. Acá se llama RR.AA y lo que hace en los carteles de la avenida Cabildo (entre Santos Dumont y Newbery) es una suerte de terrorismo poético (alguna vez lo dijimos en esta misma columna con su serie sobre los enmascarados). Cualquiera puede verlo. Son frases: "Nunca estamos tan indefensos contra el sufrimiento como cuando amamos (Sigmund Freud). "Hay que buscar el equilibrio en el movimiento y no en la quietud" (Bruce Lee). "Nunca pude convencer a los financistas de que Disneyland era viable porque los sueños tienen poca garantía" (Walt Disney). A veces los vecinos son testigos de escenas como esta: un día, mientras RR.AA. trabajaba en sus obras (siempre al caer la noche), se acercó un hombre que no entendió lo que hacía y pretendió llamar a la policía (hay una comisaría en frente) para avisar que este muchacho estaba pintarrajeando los carteles de publicidad que son propiedad privada. El policía se acercó y, como ya lo conoce, le dijo al hombre que no se preocupara, que siguiera su camino porque el muchacho es artista. El policía lo había entendido. En esta nueva serie de pintadas, RR.AA propone en un momento, como una botella lanzada al mar, "Gugleen: kintsugi". Y yo lo hice. Y lo primero con lo que uno se encuentra es una entrada en Wikipedia donde se explica que en japonés, kintsugi es la práctica de reparar fracturas de la cerámica con barniz o resina espolvoreada con oro que se remonta a finales del siglo XV. Este arte plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y no deben ocultarse. Al contrario. De esa manera, al poner de manifiesto su transformación, las cicatrices lo embellecen. ¿La única manera de reparar la grieta sería mostrándola? Una intervención política. RR.AA busca agitar consciencias.
Trudeau, el hombre feminista
Multicultural y feminista; a favor de los derechos de las minorías y también del aborto. Estas son algunas de las banderas que flamean en el despacho de Justin Trudeau (44), el primer ministro de Canadá (hijo de Pierre Trudeau, ex primer ministro canadiense, considerado el refundador del Canadá moderno. Un gobernante muy particular que exhibe un estado superior a lo que en los 90 se conoció como políticamente correcto. "No debemos tener miedo de la palabra feminista. Los hombres y las mujeres deben utilizar para describirse a sí mismos en cualquier momento que quieran", explicó y asombró en una sesión sobre el progreso hacia la paridad en el Foro Económico Mundial en Davos. Claro, en este contexto, sus palabras sonaron agitadoras. Inquietan. Y también prometen cambios. Al comenzar su gobierno en 2015 dio a conocer el primer gabinete del mundo con igual número de mujeres y de hombres. Dice que tuvo obstáculos importantes que sortear para concretar estos nombramientos. Él mismo se define como feminista. Quiere que las mujeres de su país alcancen los mismos derechos, beneficios y trato que los hombres. En Davos habló sobre la iguadald de género y subrayó qué es lo que se debe hacer en cada hogar, en el trabajo para cambiar la situación. Entonces hizo un llamamiento que hizo eco en las inconmovibles paredes del foro: debemos criar hijos feministas. Trudeau sube la apuesta: "no sé si haya alguien en Canadá a favor del aborto, pero sí sé que estoy muy a favor de que las mujeres tengan derecho a decidir qué hacer respecto a esto, consultándolo con la comunidad médica o con quienes ellas elijan". E insistió: "No corresponde a un recinto repleta de legisladores masculinos quitarles ese derecho". El primer ministro buscó un tono intimista para relatar cómo fue su vida como esposo y padre teniendo un cuidado especial en la crianza de su hija. Le agradeció a su mujer que le hizo entender que no sólo su hija debía ser educada en los valores de la igualdad: también los varones debían comprenderlos. Y ellos debían aprender a tratar a las mujeres y convertirse en feministas como su padre". La igualdad de género es un gran objetivo de Trudeau. Sus palabras suenan a revolución y a utopía en países como el nuestro donde los femicidios son noticia diaria. Sobretodo ahora que los verdugos prefieren tener testigos en el momento de aleccionar mortalmente a las mujeres. Quieren que se sepa.
Richard Ford, la vejez, el desastre y después
Hay días en los que Richard Ford se descubre riendo a carcajadas mientras escribe. Otros no puede reprimir el llanto. Todo a causa de Frank Bascombe, ese personaje políticamente incorrecto, tierno, cínico y entrañable que desde hace treinta años habita su mente y que surgió, a mediados de los años ochenta, en los primeros borradores de su novela El periodista deportivo . Ese debut fue la primera parte de una trilogía involuntaria compuesta además por las novelas El día de la independencia y Acción de gracias a las que se sumó, en estos días, Francamente, Frank , un bonus track que reúne cuatro historias independientes en las que vuelve como protagonista Frank Bascombe, ya jubilado como agente inmobiliario, en un país que intenta lidiar aún con las esquirlas del 11 de septiembre y las ruinas dejadas por el huracán Sandy, con esa inalterable cuota de acidez y ternura que lo constituye. Se dice que los personajes de ficción bien construidos se convierten en ejemplos de la condición humana. Frank Bascombe, desde luego, no es ejemplo de nada: todo lo contrario. Son imperdibles sus diálogos, donde se expone ese murmullo contenido de una sociedad en cuyo inconsciente se filtran tanto el miedo como el machismo y las diferencias raciales. No habría que confundirse: Frank Bascombe no es un disfraz de Richard Ford ni habla por él ("en realidad ?suele explicar el autor? le hago decir de forma habitual cosas que no creo y que sé que son ridículas y groseras"). Tampoco es su hijo (de hecho a Ford no le gustan especialmente los niños) ni su álter ego (tampoco está muy seguro de lo que ese concepto pueda significar). A diferencia de lo que puede ocurrir con ciertos lectores, Ford considera que la "relación" que un escritor establece con sus personajes no se parece mucho a la relación que se tiene con una persona de verdad. Sin embargo acepta que tal vez Bascombe sea su amigo secreto, "pero sólo al modo en que los niños tienen amigos secretos, un modo que pone de manifiesto aquello por lo que se preocupan y temen, pero no necesariamente aquello que piensan y creen". ?¿Recuerda el momento en el que Frank Bascombe se le reveló en su imaginación? ?Necesitaba escribir un libro que fuera mejor que los anteriores. Específicamente, necesitaba escribir un libro que aprovechara mi sentido del humor y pudiera conseguir que yo fuera un escritor más inteligente de lo que quizá soy ?y sin dudas más inteligente de lo que había sido. Los libros que escribimos pueden hacernos más inteligentes de lo que somos en la vida cotidiana. Y me gustan las novelas que son inteligentes en la página. Tuve modelos para ese libro, y me basé en ellos para el estilo de "Frank". Fueron las novelas The Moviegoer , de Walker Percy, Something Happened , de Joseph Heller y A Fan?s Note , de Fred Exley. Frank Bascombe proviene de esas lecturas y de mi interés por hacerme mejor escribiendo novelas. Esos tres libros eran brillantes y yo quería que El periodista deportivo fuera, justamente, una novela brillante. Tenía alrededor de veintitrés años cuando este escritor, que emana confianza y habla de un modo sosegado, cortés y sureño, como alguna vez lo describió su amigo Raymond Carver al conocerlo, empezó a escribir seriamente. Antes de esa edad sus preocupaciones eran otras: quería ser abogado o gerente de hotel, como su abuelo, y durante la Guerra de Vietnam debía entrar en la armada. "Quería ser abogado del ejército, en realidad, pero eso no resultó, por varios motivos que no vienen al caso", explica. "Así que para el tiempo en el que tuve veintitrés ya había intentado todo lo que quería hacer y pensaba que escribir no era algo importante, algo que pudiera darme un futuro. Pero entonces me di cuenta de que no tenía nada en qué pensar", concluye. El novelista, sostiene Ford, genera visiones propias sobre las cosas, sobre la humanidad, sobre las mujeres, sobre las relaciones pero eso no es algo que preceda a la escritura sino que se genera en ella. "Es cuando se escribe que las cosas aparecen y la gente empieza a decir que uno tiene una visión, pero uno no sabía que la tenía hasta que la escribe ?entiende?. Por eso vale la pena escribir, porque es bueno saber que uno tiene una visión propia del mundo." Ford suele decir que tal vez haya gente que piensa la escritura como una forma de darle sentido a la vida que viven, pero eso no es un motivo suficiente para convertirse en escritor. Para él, la razón de convertirse en escritor es escribir algo para que otro lo lea, porque de lo contrario sería escribir para uno mismo. "Y eso es demasiado difícil, demasiado aburrido, una verdadera pérdida de tiempo. Para eso, mejor grabarlo en audio y después volverlo a escuchar." De ese modo, casi diez años después de empezar a escribir seriamente, terminó su primera novela, Un trozo de mi corazón (1976) a la que le siguió cinco años después La última oportunidad (1981). Entonces entendió aquello de que necesitaba escribir algo brillante y para poder hacerlo debía exprimir todas sus posibilidades: desde el humor hasta el cinismo. Eso fue El periodista deportivo , primera incursión en la ficción de Frank Bascombe, ese escritor en decadencia que prefiere dejar la literatura para dedicarse a escribir sobre deportes y sostiene cosas como esta: "Lo que todos queremos en realidad es llegar a ese punto en el que el pasado ya no nos diga nada acerca de nosotros mismos y podamos seguir adelante". En ese momento, Ford no planeaba abrir líneas argumentales para continuar construyendo a Bascombe en otros libros. Nunca se le ocurrió esa posibilidad porque consideraba que no estaba capacitado para semejante proyecto. Luego de una serie de cuentos (como el impecable volumen Rock Springs ), a mediados de los noventa empezó a escribir una nueva novela, El día de la independencia , que al principio no tenía nada que ver con Bascombe y trataba sobre un hombre que, para reparar la maltrecha relación con su hijo, aprovecha un 4 de Julio y decide llevarlo al Salón de la Fama del Béisbol, una suerte de ritual entre padres e hijos en los Estados Unidos. Como reconoce Ford, fue una sorpresa darse cuenta de que todas las notas que había tomado para escribirla podían funcionar con el narrador de El periodista deportivo . Estaba el sentido del humor de Frank Bascombe y también sus preocupaciones y sus miserias. "Un día caí en la cuenta de que, en realidad, la voz de Frank (en concreto, la sintaxis, la elección de las palabras, las divertidas ironías, el sentido del bien y del mal, es decir, la base de su yo ficticio) no constituía ni una carga ni una amenaza: era un don." Ese libro fue la consagración para Ford al ganar el Premio Pulitzer y el PEN/Faulkner. Al libro siguiente aceptó que su nuevo desafío sería cerrar esa trilogía involuntaria y emprendió lo que fue su proyecto más ambicioso: Acción de gracias (2006), una novela en la que Bascombe, abandonado por su mujer y con cáncer de próstata, pone en perspectiva todo su pasado mientras prepara esa metafórica cena que le da título al libro. En ese arco temporal que atraviesan estas novelas, a partir de esos detalles mínimos de la vida cotidiana, a partir de la rutina y la decadencia y las paradojas de la intimidad, Ford consigue construir un universo tan común y a la vez tan extravagante como el de sus lectores. No fue fácil. Terminar esos libros significó para Ford un estrés colosal. "Cada novela era más extensa que la anterior, con cada vez más y más detalles que tener en cuenta y supervisar", explicaba el autor. "Algunos personajes reaparecían en libros posteriores y por lo tanto no podían haber muerto antes. Otros debían haber nacido en los momentos precisos para que tuvieran la edad que necesitaba que tuvieran más adelante. Había que comprobar los nombres de las calles y los colores de pelo, los acontecimientos históricos tenían que ocurrir uno tras otro, los recuerdos tenían que estar intactos y disponibles. En otras palabras, tenía que parecer como si todo ese material conectado hubiera ocurrido de verdad. Sólo que no había ocurrido, salvo en la página escrita." Fue una ingeniería literaria que reservó para Ford un pasaje sin escalas a las camas de la clínica Mayo, la misma a la que Bascombe quiere donar su cuerpo para investigación. Diez años después de esa novela, Frank Bascombe está de vuelta, y esta vez atraviesa escenarios devastados por el Huracán Sandy (otra metáfora que parte de la furia de la naturaleza para hablar de la explosión provocada por la burbuja inmobiliaria que azotó también con su crisis económica a la realidad estadounidense). En Francamente, Frank hay personajes que reaparecen y escenas de una construcción notable. Una es la que Frank visita a su ex mujer, recién diagnosticada con Alzheimer y la describe: "Tiene la piel brillante pero veteada, los huesos de la cara más visibles, los glaciales ojos, claros y extrañamente luminosos, y la nariz, en tiempos tersa, más grande y afilada, como si se estuviera concentrando. Sus pechos parecen más menudos. Está, en realidad, más guapa de lo que la recuerdo, como si le sentara bien el hecho de tener una enfermedad degenerativa y mortal". En esa descripción despiadada, en esa voracidad subyacente y en ese remate impiadoso se sintetizan, quizás, algunos de los rasgos particulares de Frank Bascombe. ?¿Por qué Frank Bascombe está de vuelta? ?No es precisamente un regreso de Frank. Digamos que el personaje emerge de nuevo. Frank es una pieza de artificio construida a partir del lenguaje, no una persona real. Los personajes ficticios no son personas, salvo a veces para algunos lectores que quieren que lo sean. Y no son personas para aquellos de nosotros que los inventamos. Son, más bien, retazos de lenguaje eminentemente mutables y ensamblados que reflejan detalles de la vida de un escritor, todo ello sometido a la voluntad a menudo caprichosa del escritor y luego trasladado a la página para otros. Bascombe no es nada más que eso. Y cuando "él" me resultó útil, como ocurrió aquí tuve que volver a imaginarlo. No parecía haber razones para que Frank pudiera narrar estas historias. Sin embargo pensé que podría hacer que conjugara tanto el humor como la gravedad para tratar temas como las consecuencias del Huracán Sandy. ?En la primera de las cuatro historias, hay un momento en el que coinciden dos acontecimientos que afectan profundamente a una sociedad: el huracán Sandy y el 11 de septiembre. ¿Cómo lo cambiaron a Frank Bascombe y a su propia escritura? ?No es posible para mí saber cómo lo cambiaron a Frank esos acontecimientos. Frank no es una constante sino un instrumento. Lo convierto en un personaje relevante para tratar los temas que a mí me interesan. Ahora bien, yo siempre pongo la mirada en acontecimientos relevantes para una sociedad, como pueden ser un huracán, un incendio forestal o un robo de banco. O en acontecimientos importantes para un ser humano como son un matrimonio en desintegración o un cambio en el curso de una vida. ?En estos relatos, Frank debe lidiar con el pasado: sea en la figura de los restos de una casa arrasada por el huracán como con su ex mujer enferma de Alzheimer. ¿Qué significan para usted estos restos del pasado? ?Se supone que el pasado es esa porción de la vida que ignoramos por nuestra propia cuenta y riesgo. Y en algún punto supongo que será así. Pero para un hombre nacido en Mississippi, el pasado es algo que debe ser superado y de lo que hay que escapar, porque de lo contrario tu vida se convertirá en la de un moribundo. ?¿Uno es consciente al crear un personaje que, para algunos lectores, se volverá inolvidable? ?No sé si hay una fórmula para eso. Hay fórmulas que uno puede buscar, supongo, y la mayoría aparecen en los libros que ya están escritos (como los que mencioné antes) pero que sólo pueden ayudarte hasta cierto punto. Intento que los personajes sean tan ricos como se pueda, que contengan los rasgos que yo creo que son interesantes. Su forma se adapta al material aleatorio que yo les adjudico. No sólo trato de que sean comprensibles en lo convencional sino también completamente impredecibles, como las personas que conocemos y nos resultan atractivas. Eso es todo lo que puedo pensar. En algún lado leí que el drama se vuelve interesante cuando el villano dice algo que es cierto. Eso me gusta. ?¿Hay algo que odie de Frank? ?Odiar, no odio nada de él. Lo que más me gusta de él es que puede ser a la vez divertido (hay momentos en los que me hace reír a carcajadas mientras escribo) y grave (también puede hacerme llorar). Si no me equivoco, esas son las dos caras del drama: una riéndose y otra llorando. Si puedes conseguir eso, entonces probablemente seas un escritor. ?Usted ha vivido en Arkansas, Nueva Orleans, California y Michigan, entre otros lugares, muy diferentes y también en diferentes momentos de la historia del mismo país. ¿Qué elementos de lo que podemos llamar "lo estadounidense" ha permanecido intacto a lo largo de los años y qué ha cambiado de verdad? ?No soy lo suficientemente inteligente para saber qué cambió. Esa es una tarea para los sociólogos. Lo que sí persiste y está intacto en Estados Unidos es esta noción descontrolada ?y poco probable en todo sentido? de que el continente norteamericano (al menos, la parte de la que soy ciudadano) constituye un país. La mayor parte de estos espacios contienen varios países y, en la práctica, casi todos los Estados Unidos se comportan como si conformaran más de un país, además de que intentan desligarse de la responsabilidad que los une a la nación en su conjunto. Sin embargo, hay una cierta noción laxa de unidad. Eso me maravilla. No creo que sea una fortaleza de nuestro país; pero tal vez se ajusta al viejo adagio que reza "lo que no te mata, te fortalece". ?Ha escrito libros que van desde historias familiares (Mi madre) hasta las enormes narrativas sociales o políticas de Estados Unidos (como la que conforman su trilogía). ¿Hay algún tema sobre el cual nunca se atrevió a escribir o cree que nunca encontrará la manera de narrarlo? ?Sólo hago lo que quiero hacer. Creo que ese proceso es lo que uno elige. Lo que siento que está fuera de mi alcance no me tienta. No he escrito, por ejemplo, sobre la Guerra de Vietnam, y no quiero hacerlo. No he escrito desde el punto de vista de una mujer, y no quiero hacerlo. Esa es, básicamente, mi fórmula en muchas de las cosas que hago: si no puedo hacer algo, probablemente sea porque no quiero hacerlo. Me gusta que sea así en vez de que sea al revés. ?Sus lectores reconocen un estilo Ford (en su tono, en sus obsesiones, en una particular mirada sobre el mundo). ¿Cómo hace, después de tantos libros, para no copiarse a sí mismo? ?Si eso es cierto ?que puede haber un estilo Ford?, no soy consciente de su existencia. Tal vez esa sea la forma de hacerlo. Tienes que permanecer tan inconsciente de vos mismo como sea posible. No es fácil, ya que la escritura sale de uno. Pero no leer las críticas que se publican, no vivir en Nueva York y no relacionarse con otros escritores, tal vez pueda ayudar.
Intensas estocadas de realismo psicológico
Francamente, Frank es un libro difícil de clasificar. Podría decirse que los cuatro cuentos que lo forman son eso: relatos que pueden leerse en forma independiente. En otro nivel, sin embargo, esa lectura va contra las instrucciones de lectura del autor que parecen pedir que se los aborde casi como capítulos de una novela. Hay constantes relaciones entre ellos. El narrador es siempre Frank Bascombe, al que se reconoce de libros anteriores; cuentan sucesos muy cercanos en el tiempo, todos relacionados de alguna forma con el paso del huracán Sandy por las costas de Nueva Jersey, donde vive Frank. Cada uno de los cuentos, excepto el primero, tiene como título una frase que acaba de decirse en el cuento anterior: "Todo podría ser peor" repite una frase que se pronuncia muy cerca del final del primer cuento y lo mismo sucede con "La nueva normalidad" y "Muertes de otros". Son una cadena eslabonada. Entonces, ¿es una novela? Sólo en un sentido muy abierto de la palabra: hay algo demasiado abierto en los hechos que cuenta Frank. Son apenas cuatro episodios que lo pintan, pintan a su país en ese momento histórico (presidencia de Obama), pintan a su región y a su clase social (media, blanca). Cada uno es sobre un momento determinado en los días que siguen al huracán. Ese momento está definido y no se continúa. Es una escena, un encuentro, un viaje que se analizan bajo ese título y no bajo los demás. Lo que los une es que todos relatan lo mismo: un momento en que el narrador vuelve al pasado: visita una casa que ya dejó; se entera del pasado de la casa que habita; va a ver a la ex mujer de la que se divorció hace años; ve a un amigo que dejó hace décadas. Todos esos momentos están relacionados con la temática central, la vejez. Frank ?ex agente inmobiliario, ex escritor frustrado, padre, esposo, voluntario en obras de caridad? tiene mucho que decir sobre ese momento de la vida y sobre lo que viene inmediatamente después: la muerte. Salvo en el segundo cuento ("Todo podría ser peor") los hechos son domésticos, cotidianos, y Ford los cuenta con un realismo psicológico más cercano a lo europeo que a lo estadounidense. En medio de todo, el huracán, no sólo un hilo de conexión entre los "capítulos" sino también una especie de metáfora del estado en que se encuentran los Estados Unidos a principios del siglo XXI. Como pasa en la mayor parte de la literatura "seria" contemporánea, Ford discute sus métodos, metafóricamente por supuesto. Habla tanto de sus intenciones como de sus dificultades. Con respecto a lo primero, el narrador explica que "no tenía ganas de ponerse al día con un borroso pasado de divorcio, hijos distantes, muerte, inquietudes personales y mis propios tropiezos por los márgenes de la vida" pero que de todos modos, lo está haciendo (de eso trata el libro). Con respecto a las dificultades, discute, por ejemplo, los finales. Habla de lo mucho que cuesta decidirlos, armarlos, entenderlos, de la misma forma en que cuesta terminar la vida, enfrentar la muerte. En su prosa inteligente, cuidadosa, bella ?aunque la traducción deja mucho que desear para el gusto argentino?, Ford hace lo que hace desde siempre: describir con cuidado la vida urbana de los hombres de clase media blanca de su país. Para lectores que disfrutan de ese tipo de descripciones, Francamente, Frank es un libro intenso, disfrutable, bien construido, más filosófico que ficcional y al mismo tiempo, provocador a nivel de la cuestión del género. ¿Está inaugurando uno nuevo? ¿Está reescribiendo la novela? Tal vez habría que tratar de leerlo en otro orden para descubrirlo.
Esta semana en Revista Ñ
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