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Narraciones de escritores de ZARATE
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"Milac Navira", relato de Alberto Aguyaro

El sol serrano comenzaba a calentar la mañana veraniega y la suave brisa rociaba la piel dándole sosiego cuando descubrimos, desde el mirador natural en lo alto de un cerro, a Milac Navira. Llegábamos cansados después de una noche viajando y el paisaje que divisamos desde las altas cumbres fue sobrecogedor. Lo admiramos primero en silencio, luego preguntándonos si los techos multicolores que apenas se delineaban en la inmensidad del valle sería, al fin, Milac Navira.

–Si. Seguro que si –susurró Liliana, quizás aturdida por tanto esplendor o con la esperanza de ver culminado su viaje de doce horas sin pegar un ojo.

Mantuvimos viva la mirada explorando cada cosa que se movía en el valle. El espíritu, en su gloria, nos halagaba con rocas de diversas formas, colores, sombras y brillos. El habla sólo extirpaba susurros de admiración en el humo finito de alguna chimenea casera, en el movimiento lento de las cabras, en el serpenteante hilo de agua que aparecía y desaparecía entre las piedras y los árboles y que a ratos se adivinaba por el sonido de las aguas. El olfato se llenó de olores nuevos que luego supimos de sus nombres.

Quién no conoce una montaña, un río, un valle. Sin embargo, pocos conocen en su plenitud a Milac Navira. Porque es mucho más que montañas, ríos y valles; es todo eso y sol cálido enredado con brisa serrana continua y refrescante; es aire puro en su más grande dimensión flotando en todos los valles; es silencio apabullante; es noches de estrellas refulgentes entre un círculo de sombras montañosas; es tormenta negra con refucilos sobre las sierras y viento arremolinado antes de la lluvia de gotas frías y benditas; es ríos de aguas mansas y transparentes de poca profundidad, siempre bajando entre piedras, y turbulentas después de cada lluvia en los cerros. Es lugar de gentes silenciosas, de voces bajas y gestos amarretes. Es serenidad, descanso, goce espiritual, vida sana.

Milac Navira, “agua que brilla”, descubrirte hizo que descubriera en mí, sentimientos apagados.

¡Bendita tierra hermosa!

Alberto Aguyaro -Verano de 2009-

 para comunicarse via Email con el escritor: albertoaguyaro@hotmail.com

prohibida la reproducción total o parcial sin autorización previa y escrita del autor

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"Duro pal trote... y pal máiz", cuento de Fernando Azamor

Eleuterio Jesús Condorcanqui, el chasqui, era fuerte, duro pal trote y pal máiz, pero no era güeno pa las fechas. Cierto que sabía cuándo se había de sembrar, cuándo arriar la tropilla, cuándo esquilar, cuándo era el tiempo pa la cosecha, pero no le prieguntaran por los días, por las fechas... No sabía de fechas, ¿Y de ánde iba a saber?... pero siempre se acordaba (¿y cómo no?) de Belgrano, del General Belgrano. Porque Belgrano lo había enseñao a llorar.

Belgrano sacó la bandera bendita de la iglesia y el pueblo de Jujuy los amó a ambos. Eleuterio Jesús Condorcanqui se arrodilló, encandilado por un brillo que lo espantaba y lo maravillaba: la Mama había tenido razón, como siempre. Porque Belgrano, el General Belgrano era como... como un santito. No, no como un santito: era un santito, un ángel, o un duende, como Coquena, güeno.....Si Belgrano daba miedo casi: blanco, pálido, bello, con un brillo del solcito di oro de los antiguos incas. La Mama le había dicho que el generalito porteño tenía en la frente la marca del Diosito bueno. Y le ordenó seguirlo. A él y a su bandera. El Lute (Eleuterio Jesús Condorcanqui) sí sabía el año: mil ocho doce, pero el día... aunque... sí, fiesta patria: pal 25 de mayo, claro. Piel dura de la montaña, Condorcanqui suspiró como enamorado, ante la bandera de Belgrano, del General Belgrano. Ya la Mama lo había dicho: seguirlo al generalito porteño. A él y a su bandera.

El chasqui amontonó las cabras en un abra y las dejó bajo el control de los chocos y las guaguas. No sabía la fecha, ni le importaba mucho, pero ese día era el día: Belgrano (el General Belgrano) había dicho que nada se dejaría al enemigo. Condorcanqui preparó el fuego. Él, su mujer y la Mama, desparramaron las brasas y tiraron las antorchas al sembradío que venía verdiando lindo. Quemar la cosecha, Diosito los perdone. Los tres lagrimearon por el humo y la pena: pidieron perdón a la Pachamama y al hermano máiz por quemarlo. El chasqui juró a Diosito que volvería a la Puna a regar con su sangre el valle de sus padres... Porque arar, revoliar las semillas, regar de sudor, era sangriar amor por la tierra. ¿Qué magia había en la voz, en el decir del dotor abogáu que convencía a Jujuy de dejar su tierra, su rancho, quemar su mundo? ¿Tanto valía la Patria? Sí, si la palabra Patria se oía de la boca de Belgrano. Del General Belgrano.

El chasqui ayudó a su madre a trepar al carro y sumarse a la fila de hormigas que formaba el Éxodo Jujeño. Largo camino seguían los jujeños lagrimeando por el humo y la pena.

El chasqui no había sabido nunca usar mucho de las armas: apenas llevaba un cuchillo filoso, más que nada pa cortar charque en sus viajes de correo. Y de la noche a la mañana se encontró revistando como soldado regular del Ejército del Norte a las órdenes de Belgrano, del general Belgrano. Una anochecida, alguien, algo amoscao por la fajina y la disciplina, hizo un comentario burlón sobre las maneras y la exquisitez del general, que, si bien humilde, jamás tenía un gesto descortés, sin elegancia. Y lo que nunca, El Lute habló. Inspirado, juntó en su boca un puñao de palabras. No dijo mucho, pero lo dijo todo: ni en broma le tocasen a Belgrano, al General Belgrano.

La lucha fue por el Tucumán. Eleuterio Jesús Condorcanqui se sorprendió: ni un rasguño tuvo, y eso que la muerte había estado rodeándolo vestida indistintamente con los retazos de género que hacían las veces de distintivos criollos y realistas. Pero no tuvo tiempo de alegrarse por la victoria: se le ordenaba presentarse ante el general Belgrano en la forma más discreta posible, en cuanto se hiciese la noche. Belgrano, el General Belgrano... El chasqui sudó más ante su héroe que en la batalla.

El chasqui apagó el fuego que lo había protegido del frío nocturno. Eleuterio Condorcanqui acarició su crucifijo de madera al montar: así se lo había enseñado la Mama, así se debía hacer. Aún no estaba el día cuando retomó su solitario y duro trote: a la semana siguiente, por el Camino Real, llegaría a Córdoba, final de su misión... Belgrano... ¡El mismísimo general Belgrano le había entregado a él, un humilde chasqui, en mano, un parte que informaba a la Comandancia de Córdoba, la victoria de Tucumán! ¿Qué no haría un soldáu de la libertá por semejante comandante?

Córdoba. El viaje había sido bueno, no hubo lluvias en el trayecto: sin duda, los dos jarros de chicha que ofrendara a los dioses viejos en el camino, lo habían ayudado. Pero el sol no brillaba tan amistoso como allá, en la Puna. Tal vez el sol también extrañaba a Belgrano.

Ya estaba en Córdoba. En postas anteriores le habían ofrecido relevarlo, pero no, de ningún modo: sólo cambió de caballo, tomó un descanso y siguió su marcha. De ningún modo, no, señor: a él, sólo a él, aunque no sabía ler y escribir, y en mano, el parte de la victoria le había sido confiado por Belgrano, por el general Belgrano...

Condorcanqui entregó el parte en silencio, los ojos bajos, el sombrero quitado. El teniente le hizo un gesto seco a modo de despedida, ni siquiera le agradeció. Al conocerse la buena nueva, el fuerte estalló en cañonazos de fiesta. En un rato nomás, se hizo el baile y comenzó el chocar de las copas...

Afuera, en la noche, con la sola compañía de su caballo, Eleuterio Jesús Condorcanqui -ojos oscuros, rostro aindiado-, comprendió que en la Patria nueva, ésa de la que tanto hablaban, no todos eran como Belgrano, como el General Belgrano... Belgrano comenzó a leer en voz alta, delante mismo del chasqui que lo había tráido, el mensaje del gobierno. Un premio en metálico, una cifra enorme por ganar una batalla por la Independencia. Belgrano dijo que ese dinero se usaría para crear escuelas. Eleuterio Jesús Condorcanqui nada dijo, sólo se cuadró lo más firme que pudo, mientras los ojitos oscuros le brillaban de orgullo por el jefe que tenía, mientras le latía apuráu el corazón al pensar que sus hijos aprenderían a leer y a ser mejores si todos los patriotas obraban como Belgrano. Como el General Belgrano.

El chasqui no era güeno pa las fechas. ¿Y pa qué, en este caso?… Belgrano pasó ante toda su tropa haciendo la última venia. Se despedía del Ejército del Norte. Miró cada uno de los rostros tallados por el seco viento andino. Posición de firmes. El Lute, que había puesto el cuero en la guerra, tembló como una niña. En esa hora, en esa fecha que ignoraba, fue flojo. A él se le iba Belgrano, como un día a su tierra vieja se le había ido el Inca. A él se le iba Belgrano, y era como si se le fuese el sol. Había comprobado que los dichos de su Mama eran ciertos: el generalito porteño tenía en la frente la marca del Diosito bueno. Supo que ya no volvería a ver a Belgrano, al General Belgrano, y fue flojo.

Eleuterio Jesús Condorcanqui, duro pal trote, decidido pala en mano ante el máiz, fue flojo. Fue flojo. Y se avergonzó como nunca, ante su General, cuando sintió que dos ojos de tristeza le mojaban la cara.

Fernando Azamor

prohibida la reproducción total y parcial sin autorización previa y escrita del autor

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"Sin título", cuento de Fernando Azamor

Estela limpió la cocina y se dirigió a su pieza, con una olla llena de agua caliente.
Al pasar frente al espejo que lucía en el pasillo de entrada a la habitación, se miró con atención, como hacía tiempo no se miraba. Sabía que era linda. Y que tenía lindo cuerpo. Corrió de la visual la olla con agua caliente, dejándola sobre la repisa.

La sorprendió verse bella después de tiempo en que no se miraba así. Sacudió la cabeza: estaba tratando de distraerse, nada más. El corazón… Se tocó. El corazón comenzó a latir otra vez apresuradamente. Se asustó. Se asustó. Dios, ¿y si me muero ahora, justo antes?... No. No, por favor. No, por favor. Tomó la olla y entró a la habitación. Despejó su mesita de luz para colocar la olla humeante.

En el espejo de la habitación se miró la bata celeste, elegante, el pijama de seda, elegante. Se había puesto la mejor ropa. Abrió la bata, mostrando los pechos, el calorcito femenino. Serviría, pensó. Tiene que servir. Otra vez el corazón, la inseguridad. Me… El corazón me va a estallar. Me va a estallar: taquicardia, ataque, síncope… Calmarse. Calmarse. Se metió en la cama, cerró los ojos y se tapó hasta el mentón, como hacía cuando era chica después de ver una de terror, para que los vampiros no le pudieran morder el cuello. Tenía miedo. Ansiedad, sí, y mucho miedo.

Sonó el celular. La voz de la hermana: estamos entrando. En cinco minutos llegamos.
Bien. Tomo aire. Tomo aire por la nariz, aguanto, exhalo por la boca.

Estela había dormido poco y mal. No, no había dormido nada. Daniel, en cambio, roncaba. Claro: cansado, estresado. Pero Estela no se había quejado en toda la noche.

Acomodó una almohada más. Otra. Quedó sentada, relajada.
Sentada. Cerrar los ojos. El corazón otra vez. Me… me voy a morir. Respirar.

Los ojos cerrados. Ruidos. Su madre. Gritando, como siempre. “Estela, Estela”, a los gritos. Su padre venía con su madre, pero en silencio. Entraron a la habitación. El padre, con dificultad, hizo callar a la madre. La madre se sentó en una silla, muda pero histérica. El padre vino hasta Estela, en silencio, le tomó las manos, la besó. Ella ni siquiera pudo sonreír, pero asintió, agradecida por el silencio.

Los ojos cerrados. Otra vez el corazón. Me va a estallar. Me va a estallar, me va a saltar por la garganta, voy a vomitarlo. Una lágrima se le escapó por el ojo derecho. Otra lágrima escapó por el ojo izquierdo. Tal vez hubiera debido ir con su marido. Hubiera debido ir. Era su obligación, no pedirle a su hermana…

Los ojos cerrados. Un suspiro largo se le escapó. Pero no: estaba bien, lo estaba haciendo bien. Ojos cerrados. Solo por un segundo, Estela pensó en que sus padres la estarían mirando, y se estarían mirando entre ellos como diciendo: pobre, está loca. No, su padre, no. Él siempre la había comprendido mejor que la madre.

Ruidos. Voces. ¡Llegaron! Estela escuchaba, sentada en la cama, sin abrir los ojos. Daniel se acercó, dijo algo. Ella no abrió los ojos. No los abriría, claro que no, hasta que…

Daniel le puso a Martina entre los brazos, junto con los papeles de adopción. Estela abrazó a su hija sin abrir los ojos. El corazón me va a explotar. Me va a explotar. Una lágrima más. Martina no pesaba nada, una plumita. Estela abrió la bata, mostrando los pechos, acomodando a su bebé al calorcito femenino. Se acordó de respirar: calmosamente, había aconsejado el pediatra que en la tarde conocería a Martina. Con calma, que eso calma al bebé.

Estela no se animaba a abrir los ojos. Por fin miró a su hija. Uf, una catarata de lágrimas. No se animaba a apretarla como querría. Controló la temperatura de la olla, y puso la mamadera con la leche maternizada que le había indicado el pediatra. Todo bien. Todo bajo control, se dijo. Otra vez el corazón. Pero ahora sí podía morirse. Estela besó a Martina. Otra vez el corazón. La miraba: ¡tan chiquitita, tan indefensa, y con una mamá tan inexperta, tan insegura! Estela entendió en sus órganos lo que era la depresión posparto…

Estela miró a Daniel, a su hermana, a sus padres. Tendrían que ayudarla, todo el mundo tendría que ayudarla a ser madre. Tenía todos los miedos, todas las inseguridades. La madre vino, abrazó a Estela y luego tomó a Martina:
-A ver, Martina, mi amor, venga con la abuela.
Estela se sorprendió. Después sonrió. No es para tanto, no seas dramática, se dijo. Tu mamá está acá, pensó. Su padre siempre la había comprendido mejor, pero una madre, se dijo… Una madre es una madre.

Fernando Azamor

prohibida la reproducción total y parcial sin autorización previa y escrita del autor

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"El chico mas grande", cuento de Alberto Aguyaro

   Eugenio era un chico que dormía debajo de un puente. Sobre el puente pasaba un tren. Uno lo hacía a la mañana y el otro por la tarde.
Cada mañana, Eugenio caminaba un montón de cuadras hasta el quiosco de don Manuel. Éste, le daba una pila de diarios que Eugenio vendía en las esquinas de la ciudad.
Un día, en el baño de la estación, escuchó la conversación de dos chicos que, como él, vivían en la calle. Los espió por el agujero de la puerta.

   – ¿Cuánto sacaste hoy? –le dijo, el más grande a su compañero.
   –Quince pesos.
   –Yo saqué treinta. En apenas dos horas.
   – ¿Y cómo hiciste?
   – ¡Ahh! No te lo voy a decir –se burló el mayor.
   – ¡Dale! Decíme.
   –Bueno, te lo digo. Pero no se lo digas a nadie.
   –Te lo juro –dijo el más chico, cruzando los dedos sobre los labios para reforzar el juramento.
   –Mirá. Yo me hago el mudo. Llevo un cartel que se lo muestro a la gente y entonces les da lástima y me tiran unas monedas. Casi todos me dan. Antes, cuando hablaba, apenas algunos me tiraban unas monedas.

Eugenio esperó que los chicos se marcharan para salir del baño con la decisión puesta en su nueva actividad.
Vendiendo diarios, don Manuel le pagaba unos diez pesos por día y eso era muy poco de acuerdo a lo que escuchó en boca de los chicos. Ellos no tenían que trabajar y sacaban mucho más que él. Preparó un cartel que hizo con un pedazo de cartón y le escribió unas palabras.
Habló con don Manuel:

   –Conseguí un trabajo mejor –le mintió–. Voy a sacar como treinta pesos –Y se marchó sin escuchar los consejos del patrón.

El primer día se levantó más tarde que de costumbre. Lo hizo cuando escuchó el tren de la mañana retumbar sobre el puente. Y se fue caminando despacio y silbando hasta la ciudad.
Comenzó a golpear puertas y a tocar timbres. Mostraba el cartel y nadie le daba nada. Consiguió, después de mucho caminar, que una mujer le acercara un pan con dos fetas de salame y un vaso con agua. Lo devoró.

   –Gracias, señora –le dijo al devolverle el vaso. Acostumbraba a agradecer las limosnas que recibía. Don Manuel le había creado el hábito.
   – ¿Cómo? ¿Entónces no sos mudo como dice en el cartel? ¡Atorrante! ¡No quiero verte más por acá!

Eugenio corrió hasta perderse en la esquina. Que estúpido que soy, dijo. Cierto que no tengo que hablar. Y pensó que era más difícil de lo que escuchó.
Desgraciado con su nueva actividad y con ruido en las tripas, llegó esa tarde al puente. Una semana después, había juntado apenas unas monedas que gastaba en pan y mortadela, cada día. No le alcanzaba para más. Lloraba cada tarde al regresar sin nada en el bolsillo ni en el estómago.
Un día, cansado y con hambre, se animó a pasar por el quiosco de don Manuel. Volvería a su trabajo. En la esquina rompió el cartón en mil pedazos. Caminó ligero y alegre a su encuentro, cuando lo vio en la vereda. Y se detuvo de pronto, aturdido como si le hubieran pegado un puñetazo en la cara y con las tripas contraídas más por la sorpresa que por la escasez de alimentos.
Le costó entender lo que veía. Un momento después comprendió el engaño.
El chico más grande, aquel que viera en el baño de la estación y el que con sus palabras había desencadenado que Eugenio abandonara su empleo, estaba frente a don Manuel, devolviéndole unos pocos diarios y recibiendo contento, las monedas por su trabajo.

Alberto Aguyaro

para comunicarse via Email con el escritor: albertoaguyaro@hotmail.com

prohibida la reproducción total o parcial sin autorización previa y escrita del autor

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"Diana, la cazadora", cuento de Fernando Azamor

(A las maestras, que nos enseñan a leer y escribir)

Por un pasillo oscuro camina Diana, la cazadora (aún no sabe que lo es). Buscando por toda la casa un lugar apto, el lugar exacto, ambas manos ocupadas.

Es el atardecer de un día mágico (pese a que Diana tiene miedo de imaginar éxito). Sus pasitos son cortos. Aquí. No, aquí. Aquí, sí.

Diana apoya el libro en la mesa de la cocina. Diana, la cazadora, abre el libro, nerviosa. Con un dedo va recorriendo los renglones invisibles del libro, para no perderse. Comienza a leerlo en voz alta. ¿Cómo había dicho la seño?… ¿Cómo era?…

Diana, la cazadora, elige: sacar pico, como un pato, o tirando besitos (así dijo la seño) y abrir la mano izquierda -Diana es zurda- “ponerse un broche” o apretar los labios y subiendo y bajando la mano, en zigzag, “coserse la boquita” para leer por primera vez en silencio.

Diana, todavía cree hasta en los Reyes Magos, pero duda: al leer, las letras y las palabras entran a ella por sus ojos, pero leyendo en voz alta, ¿se le pueden escapar por la boca abierta?…

Le cuesta. Le cuesta. La madre mira, insegura: una noche mágica. Diana no le presta atención, no puede: cuesta mucho concentrarse y leer, primero en voz baja, luego para adentro… Mmm… mmm…

¡Y por fin, como les había enseñado la seño en la escuela, Diana logra leer en silencio!

La madre llama con un cuchicheo al padre. La miran, enternecidos: una noche mágica.

Pero Diana, la cazadora, no puede prestarles atención…

¡Ah, cuidado, Patoruzito, cuidado, Ratón Mickey! ¡Cuidado, Robin Hood! ¡Cuidado, García Márquez, Corín Tellado, Homero, Mastretta, Shakespeare, Borges!

Cuidado: Diana, la cazadora, esta noche mágica va atrapando sus primeras letras.

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