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Avistajes en la montaña -Selección de cuentos y relatos-
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Oficio de escritor

Alberto Aguyaro es un escritor muy vinculado a la ciudad de Zárate y a las letras zarateñas.
Nació en la ciudad de Escobar (provincia de Buenos Aires) en el año 1956 y fue integrante de la comisión directiva de la Sociedad Argentina de Escritores seccional Zárate (S.A.D.E.) 2004-2007, de la que continúa siendo socio y colaborador.

Su primer libro es artesanal y del género cuentos y relatos. Lleva como título "Avistajes en la montaña".

Alberto Aguyaro (foto), escritor. 

Participó en varias antologías zarateñas, en "Paisaje literario" de Editorial Zona (Lanús -Bs. As.) en "Antología de poetas y narradores zarateños", editada por la Sociedad Argentina de Escritores de Zárate (S.A.D.E. 2007).

Participa activamente en diversos concursos literarios nacionales e internacionales con obras de cuentos y novelas, recibiendo varios premios.

Ha obtenido el 1º premio en cuento con la obra "Avistajes en la montaña" -título del libro- en el concurso organizado por la Sociedad de escritores de Gral. Alvarado (Miramar, 2005) y ello lo llevó a colocarle ese nombre a su primer libro.

Actualmente (Julio de 2010) está abocado a la corrección y arreglos definitivos para publicar su primer libro que llevará por título "El caso Dhiler"(novela policial) cuyo argumento está basado en una historia real de la zona en que vive.
Es un policial en donde la corrupción, el crimen y la impunidad son los referentes en la historia  

para contactarse con el escritor
Email: albertoaguyaro@hotmail.com

 

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“Arroyo de la Cruz”

Venían bajando lentas. Nunca las vi revueltas, ni con marejadas, no más que aquellas que provocaban las canoas de los que pescaban más abajo, allá en el Paraná, y que surcaban las aguas del arroyo sólo para moverse desde el rancho hasta el río. El arroyo, para nosotros no era un río. Solamente un poco de agua marrón, limpia, tampoco era cristalina. Pero eran limpias, todavía esas aguas podían beberse sin provocar asco ni malestar. Ahora, ya no. Pasaron años y llegó la Petrosur. Ahora, son amarillas, ácidas, con olor a podrido. Habían perdido el color marrón que tomaban del lecho por donde escurrían.
Las horas del mediodía, cuando los grandes se entretenían con la siesta, las pasábamos en sus orillas zambulléndonos al agua de cabeza, parados, desde los sauces. La diversión era variada.
Parecíamos indios, andábamos a los gritos y en pelotas. Nadie nos molestaba y las vacas que usaban una bajada en la vuelta del arroyo, a esa hora ni se acercaban al agua. Las corrían nuestros gritos de chicos felices y alguna que otra piedra de las gomeras. ¿A dónde fueron esas aguas limpias? ¿Cómo hago para que los ojos nuevos que me siguen, vean lo que vi?
“El arroyo de la Cruz toma su nombre del lugar que fuera conocido así en los años en que se repartieron las tierras….” ¡Qué me importa el origen del nombre! Lo que sé, es que no está más. En su lugar hay un líquido espeso, amarillo, nauseabundo. ¿Habrá mojarras ahí abajo? ¿Cómo harán para respirar? Si aquí arriba es insoportable el olor a azufre, me imagino que abajo deberá ser peor. Llegó el progreso, decían los titulares de La Defensa en esos años. Después de tanto cadáver ¿debo sentirme orgulloso? No quedaron ceibos ni sauces refrescando las hojas en el agua mansa. Los que perduran entre tanto tronco seco, están huecos; la savia se les escapa entre las grietas.

– ¡Che! ¿En qué pensás? –dice, mi compañero de viaje, quien desgrana un comentario futbolero como un zumbido fastidioso.

–En nada, miraba al arroyo. ¡Qué podrido que está! –digo. Y retiro la mirada de la ventanilla para mirar las curvas de la morocha que sube al colectivo y dejo que las aguas sigan bajando lentas.

–Si, es un asco. Y pensar que todos los sábados venía por aquí, donde estaba el rancherío ¿Te acordás? Le decían villa Moscato y venía a jugar al truco y a estar un rato con las putas.

–Si, me acuerdo. Yo también anduve por estos lados.

El colectivo se sacudió y las quejas cambiaron de rumbo. Ahora le tocaba el turno al camino y a los baches. Siempre había temas de los cuales hablar, entre tanto descuido comunal. El zumbido en mi oreja se bajó unas cuadras antes de lo habitual. Entónces, recuperé el pensamiento al ver al arroyo.
Fue una madrugada, lo recuerdo como si la estuviera padeciendo ahora mismo, calurosa, pesada, creo que se venía la tormenta. Había llovido el día anterior y el Negro Martínez dejó el auto sobre la ruta; para no empantanarlo. Y de ahí, esquivando el barro, buscamos el rancho de Gómez. El Negro lo conocía de antes, yo no. Unos minutos después, golpeó la puerta de un rancho.
Si el miedo que traía era poco, cuando vi el ambiente empecé a temblar y a putearlo al Negro en mi pensamiento. El temor me helaba el cuerpo, a pesar del calor de la noche.
El rancho era grande y eso fue lo primero que me sorprendió. Un solo ambiente con piso de tierra y el techo apenas arriba de nuestras cabezas. En uno de los tirantes de sauce pendía un farol a kerosén, a un lado se veían dos camas destartaladas y delante de ellas una cortina colgada a un alambre, de pared a pared. En el centro, una mesa de madera bien lustrosa y varias sillas viejas. En el otro costado, un armario verde de madera y vidrios, me hizo acordar al de mi abuela. Sobre el otro costado, una mesa chica llena de platos y ollas ennegrecidas y una cocina que antaño fuera blanca y al lado, la garrafa. De un aparato que no alcanzaba a ver, sonaban chamamés.

– ¿De dónde sacaste al pichón, Martínez? –dijo, una de las dos mujeres que estaban sentadas a la mesa, sonriendo. La otra me miraba de arriba abajo y con un gesto me invitó.

–Un amigo –dijo el Negro, y se desentendió de las mujeres–. Vinimos a jugar, Gómez.

–Ajaá, así que andan con ganas de truquear, che –dijo Gómez, con su inmensa figura desparramada en la silla–. Bueno, ya va a caer alguno. Negra, servíle una caña pa´ que vayan calentando el pico.

– ¡Y si quieren calentar el pito! Aquí está ésta – dijo la Negra, señalando a la otra.

El Negro me consultó con la cabeza y le dije que no, también de un cabezazo. Al rato, llegaron dos muchachones y pasaron uno por vez con la “muda”. La otra, cuarentona, se ocupó de acondicionar la pieza, corrió la cortina, pasó por debajo una palangana con agua y puso la música más fuerte.
Mientras esperábamos, nos tomamos dos Legui y el Negro se reía con Gómez, rememorando otros tiempos, en otros lugares. En un momento, golpearon a la puerta y entró nuestro rival de truco. Enseguida se armó la partida. Quedé sentado a espalda de la puerta y jugamos. Me desentendí de las mujeres cuando empezamos a perder con rapidez. Al Negro lo veía tranquilo y supe que no tenía que preocuparme, aunque la plata que iba a manos de los rivales era mucha. Al rato, el Negro pidió cambiar el mazo, y a pesar de que Gómez refunfuñó, mi compañero sacó rápidamente el que traía en un bolsillo. Y cambió nuestra suerte.
Martínez, empezó a fanfarronear con los tantos y se agrandó cuando ganó los primeros billetes.
En un rato, recuperamos lo perdido y de ahí en más no paramos de ganar.
Las carcajadas y los gritos del Negro, producto de las Legui y las ganancias, pusieron nerviosos a los rivales hasta que el compañero de Gómez se animó a decir que hacíamos trampa y sin más, Martínez, le tiró un puñetazo directo a la cara. El desparramo de cartas, billetes, silla y hombre fue estruendoso. Gómez, amagó manotear algo entre su ropa y el Negro se prendió a la mesa y la volcó sobre él.
Corrimos en la oscuridad escuchando gritos. Luego un disparo y otro y un tercero. Subimos la cuesta resbalando, cayendo, incorporándonos y vuelta a caer, jadeando de miedo con los pulmones agitados. Arrastrándonos por el barro como chanchos asustados. Y el auto no se veía.
El Negro venía detrás de mí, ahora se notaban las noches de más que me llevaba. Cuando llegué a lo alto de la cuesta y vi el auto, me tumbé en el suelo a esperarlo. De vez en cuando en la desesperación de la huída, lo campaneaba de reojo para no perderlo. Ahora, lo sentí largar el último aliento en la subida y caer desparramado cerca de mí.
Hubiéramos amanecido allí, de no haber escuchado gritos y el haz de luz de la linterna que nos rastreaba. De un salto llegamos al auto y lo empujamos hacia el medio de la ruta. La niebla espesa fue lo que nos salvó. Venían con ganas de partirnos al medio y tirarnos al arroyo para comida de los bagres. Cómo habrá sido el susto, que recién en el auto y llegando a la barrera sentí punzarme el brazo. ¿Qué tenés? –me dijo el Negro, al ver mi brazo ensangrentado. Fue lo último que escuché.


Otro sacudón y el colectivo que dobla en la esquina. La morocha ya no estaba; no la vi bajarse.

Alberto Aguyaro

Contacto con el escritor: albertoaguyaro@hotmail.com

Prohibida la reproducción total o parcial de la obra sin autorización previa y escrita del autor. Obra registrada con derechos de autor.

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“El punto de la muerte”

Tarde comprendí las palabras que desgranara en consejos aquel viejo ciego que enfrenté cierta noche calurosa en un bar inmundo de un pueblo de campo. Por entonces, vagaba sin rumbo y sin ideas. Cuando al fin creí concebirlas, regresé a la civilización. No valoré las palabras ni la calma de esos días y me zambullí nuevamente en la vorágine despiadada de la ciudad entre la monotonía de las corridas antes y después del trabajo, las exasperantes filas de impuestos, servicios y otros menesteres y las discusiones entre peatones, motociclistas y conductores apresurados por llegar a un mismo lugar: el consultorio de algún profesional que pudiera recetarles pastillas para los nervios.
Y dentro de ese pandemónium surgió el terror.
El sol alumbró tibio después de sacudirse unas pocas nubes y desde el centro del firmamento pudo observar impávido el acontecer trágico y fue en ese instante en donde nos miramos. Él, rutilante. Yo, abatido casi al borde de la muerte. Durante esos lentos minutos pasaron por mis pensamientos chispazos de vivencias ocurridas en el último tiempo y una de ellas me trajo las palabras de aquel viejo ciego. ¡Oh Dios! Porque no le habré hecho caso. “¡Oh Dios, llegar al punto de la muerte para comprobar que no se ha vivido!”

Hasta el sol parecía burlarse de mi estupidez. Escuché el ulular de sirenas a lo lejos, el dolor en la pierna producía pinchazos intensos y comenzaba a entumecerse. Una de las caras que me rodeaban se interpuso entre el sol y mis lamentos. Mi estómago producía vibraciones molestas, durante un instante lo sentí vacío, exangüe. No lograba comprender que hacía tendido allí. ¿Y esa gente que me rodeaba? Recordé vivencias recientes mientras las sirenas enloquecían mis oídos: alguien corría por la vereda, no pude esquivarlo, me atropelló y caímos. Escuché también, varios disparos. Un fuego intenso en mi pierna, otro más arriba. Me tomé el vientre con la mano.
Y ese ruido infernal que no cesa. Pienso que alguien está en problemas.
Y la voz del viejo ciego que me persigue.

Alberto Aguyaro

Contacto con el escritor: albertoaguyaro@hotmail.com 

Prohibida la reproducción total o parcial de la obra sin autorización previa y escrita del autor. Obra registrada con derecho de autor.

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“Avistajes en la montaña”

Marcos Aguyaro nunca hubiera imaginado que ese pedazo de tierra , así como a él le gustaba llamarlo, tan amado y fructífero, algún día llegara a ser famoso y visitado por gente tan diferente en costumbres, lenguas, hábitos, riquezas y poderes, atraídas por la búsqueda afanosa de lo desconocido.
Cuando en el verano de 1980 conocí San Marcos Sierras, mis ojos absortos no lograban retener de una sola vez, tantas bellezas y encantos. Tuve que recorrerlos luego, sosegado, para el regocijo del alma.
Haydé y Marcos Aguyaro, nuestros tíos, nos recibieron con incrédula sorpresa y alegría desbordante. El abrazo con el hermano de mi madre lo percibí tenso de emociones y recuerdos.
Las añoranzas se presentaban a borbotones en mi reminiscencia. Lágrimas, risas, abrazos y preguntas renovadas una y otra vez demandaban averiguaciones familiares de quienes permanecían lejos.
Después de un rato, Oscar y yo, nos entregamos dócilmente a los hábitos y costumbres de nuestros parientes.
La media tarde veraniega nos apiñó a la sombra de los árboles y en presencia del mate serrano.
Anécdotas de tiempos remotos e imborrables y de lugares lejanos que habían sido comunes a todos, fueron surgiendo en cada garganta.
Sentados allí, el paisaje era espléndido, sencillo, salvaje. Un camino polvoriento, angosto y áspero, separaba la finca de la montaña. En un momento, Oscar y yo divisamos leves y extraños movimientos en la ladera, que causaron risas cómplices en nuestros primos Julio y Gustavo y una pronta respuesta en mi tío: ¡Son cabras!, dijo. Cuando comience a bajar el sol seguramente las veremos por aquí, agregó, señalando la base del macizo rocoso.
Cuando finalmente logramos quebrar el sosiego desacostumbrado en nuestros actos cotidianos, recorrimos la finca en compañía de nuestros primos. Con avidez digna de exploradores novatos, íbamos sorprendiéndonos a cada paso de cosas que para ellos eran habituales.
Un arroyo en las cercanías dejaba ver el cauce pedregoso a través del escaso caudal de agua transparente y helada que, supimos luego, mantenía esquivo casi todo el año, cambiando a marrón y caudaloso hasta desbordar, sólo después de las copiosas lluvias estivales. Ese era el momento de alejarse de sus orillas para no ser sorprendido por la violencia con que bajaba el agua, arrastrando a su paso todo lo que hallaba.
Detrás de la casa grande y austera, comenzaban las plantaciones. El primer lugar lo ocupaban los viñedos con racimos inmensos como nuestro asombro; escogimos algunos, entre los de uvas blancas y rosadas que colocamos en un balde para sumergirlo en el agua fresca de la acequia –que cortaba la finca en dos mitades- con la finalidad de comerlas al regreso de nuestra exploración.
Los durazneros y ciruelos dominaban el centro de la propiedad de cinco o seis hectáreas –un cálculo de nuestros primos– aunque a nosotros se nos manifestaba inmensurable.
Al fondo aparecían las hortalizas, algo que carecía de atractivos y razón por la cual regresamos de inmediato hacia las uvas que aguardaban heladas dentro del balde.
Esa noche nos deparaba una nueva sorpresa. En realidad para mí fueron dos, una opacada por la otra. La cena apenas oscureció nos encontró con el estómago repleto de uvas, no obstante, los exquisitos tallarines amasados por la tía, fueron degustados con ansiedad. En la placidez de la sobremesa alguien planteó la cacería, que fue aprobada rápidamente por unanimidad.
Preparar las armas y los reflectores fue un trámite raudo. La camioneta se internó, momentos después, entre los senderos cuando la plenitud de la luna avasalló el firmamento atiborrado de estrellas.
De pronto, el vehículo detuvo su marcha y el motor. El silencio se hundió en mis oídos. Se apagaron los reflectores quedando al amparo del astro celestial. Nos comunicábamos por señas.
Un rato después, leves ruidos entre los espinillos nos tensionaron. Las armas estaban listas; los ojos exploraban la oscuridad; el corazón palpitante y las manos húmedas a pesar del frío que comenzaba a bajar de la montaña atravesando nuestra ropa y nuestra piel sin prejuicios. Y el asombro se presentó de inmediato. Ni mi hermano ni yo lo habíamos visto jamás, aunque escuchábamos atentos cada vez que alguien lo relataba.
Un baile de vizcachas en un claro del monte; espléndido, majestuoso, único. Los animales fueron saliendo cautelosos de sus madrigueras, danzando erguidos en sus patas traseras mientras producían un chillido estridente.
Las escopetas vomitaron fuego y un ruido sórdido heló mi sangre, empañando mi visión de muerte. Mi hermano y mis primos aullaban de alegría.

– ¡Bajamos a dos! –gritó Gustavo.

– ¡No! ¡Son tres! –exclamó Julio.

La euforia los invadió y bajaron presurosos de la camioneta a recoger los trofeos.
En ese momento, cambió mi vida para siempre. Mis ojos y los de mi tío, parado al lado del vehículo en espera del regreso de los cazadores, captaron la presencia de una enorme esfera plateada volando lenta y silenciosa, apenas sobre nuestras cabezas; describiendo un amplio círculo se alejó para perderse detrás de la montaña. Quedé pasmado, mudo de admiración y de miedo; todo mi ser buscaba afanosamente explicaciones.
La llegada alborotada de los muchachos, impidió que hablara con mi tío. Su mirada requiriendo silencio nos hizo cómplices de la escena sobrenatural.
Durante el regreso, debimos detenernos en varias oportunidades a recoger nuevos trofeos, ésta vez conejos silvestres, que lograban alcanzar con sus armas desde el vehículo en movimiento, compitiendo en puntería, entre risas y burlas. Fui contagiándome lentamente de sus juegos hasta relegar mis vivencias a un olvido momentáneo.
Era más de la media noche cuando alcanzamos la finca. Los cazadores continuaban evaluando sus destrezas, abocados en la limpieza de las escopetas. Mi tío y yo, en tanto, culminamos la faena de los animales cuereándolos para luego colgarlos en las ramas de un paraíso, cubiertos de sal, protegiéndolos así de las moscas de la mañana. Allí quedaban por el resto de la noche, oreándose al sereno para quitarles el aroma salvaje y poder asarlos a la parrilla al día siguiente.

–Tío –dije, con cautela–. Lo que vimos ¿Era un plato volador?

Se tomó largos minutos en responder y cuando creí que ya no la haría, susurró:
–Si. Así le dicen ustedes, los porteños.

– ¿Qué vienen a hacer?

–No lo sé.

– ¿Cómo hacen para volar sin producir ruido? –pregunté intrigado.

–Es un misterio –afirmó sereno–. Están mucho más avanzados que nuestro mundo.

La faena de vizcachas y conejos había concluido y la conversación continuaba animosa, buscando develar tantos enigmas.
Los días siguientes que permanecimos en San Marcos Sierras, exploré el cielo con mirada inquieta, sin descubrir nada impropio. El secreto de los sucesos fue atesorado entre mi tío y yo, sin saber el motivo de tan extraño proceder. Quizás era comprensible, con mis escasos veinte años, el temor que invadía mis pensamientos; lo que no comprendí jamás fue su silencio.
La despedida emotiva con promesas de reencuentros cercanos, nos alejó parsimoniosamente de esos parajes de ensueño.
Regresé a esas sierras cordobesas entrado el nuevo milenio. Todo era diferente.
Las muertes de mis tíos me habían encontrado en ambos momentos, lejos de toda posibilidad de acompañarlos físicamente en la despedida final.
Ahora, mis primos Julio y Gustavo, ya casados y con hijos, no vivían más en esa casa.
San Marcos Sierras continuaba siendo un pequeño poblado, solamente los extraños lo hacían diferente. La fama del lugar llegó a mi conocimiento a través de noticias periodísticas en matutinos de la capital, quienes reproducían comentarios de avistajes dudosos de objetos extraños a nuestro mundo, contados por diversos personajes; muchos de ellos tan dudosos como los comentarios.
Estuve apenas un día, de paso a otro destino, dejándome llevar mansamente por los recuerdos sin lograr recuperarlos en el paisaje actual. La noche se hizo de golpe y preferí prolongar la estadía hasta que la luz de la nueva jornada permita la partida segura. No pensaba ni deseaba dormir. La necesidad de explorar el lugar de mis remembranzas me llevó hasta la famosa montaña, esa que había conocido sin la nueva envoltura. Me interné a pie apartando cauteloso los pequeños arbustos y comencé a trepar las rocas en busca de la cima. Una potente linterna abría surcos entre los matorrales guiándome con certeza.
Pasaron dos o tres horas antes de alcanzar la cumbre. Una vez allí, lo que vi fue inusitado, asombroso, tan difícil de creer como de explicarlo. ¿Explicarlo? ¿Para qué? como si alguien creyera en esas cosas. Tres esferas gigantes, plateadas, herméticas, asentadas sobre largas patas, se encontraban formando un círculo. Un resplandor intenso y brillante las recubría, sin poder determinar su procedencia, mientras una música armoniosa, suave e indefinida me transportaba a una plenitud extraña y placentera, envolviendo el lugar hasta convertirlo en un mundo mágico e irreal. No existía el tiempo, sólo el asombro.
La alborada me encontró sentado en la cumbre, observando impávido unas matas de yuyos que las cabras arrancaban con destreza. Nada más había allí. ¿Y los objetos extraños? ¿Habría sido un sueño? Descendí intrigado por las rocas escabrosas que comenzaban a brillar al sol.
En mi mano la linterna aún permanecía encendida.

Alberto Aguyaro

Contacto con el escritor: albertoaguyaro@hotmail.com

Prohibida la reproducción total o parcial de la obra sin autorización previa y escrita del autor. Obra registrada con derecho de autor.

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